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Autores y temas en danza

jueves, 29 de mayo de 2008

Ya salió



Diego Grillo Trubba (prólogo), Doce años y pico

Ariel Magnus, Con las mejores

Lucía Puenzo, Al playroom hay que allanarlo

Maximiliano Tomas, La sonrisa de la Gioconda

Felix Bruzzone, Sueño con medusas

Sonia Budassi, Nada para hacer

Diego Materyn, Próceres argentinos

Nicolás Mavrakis, Punta del Este, balneario geográficamente argentino

Cecilia Boullosa, Donde el pasto es verde y las chicas, bonitas

Hernán Casciari, Lado B, canciones lentas

María Fasce, Mujeres

Hernán Vanoli, Samaritana

Julia Coria, El barco en alta mar

Leonardo Oyola, Tony Plana

Mariana Enríquez, El monstruo

Joaquín Linne, No sé si chatear o comprarme un perro

Pablo Toledo, Todo por dos pesos

Sebastián Martínez Daniell, Paddle

Ana Cecchi, El gurú

Washington Cucurto, El amor es mucho más que una novela de quinientas páginas

"Mirate si no. Mirá lo que crié por esa computadora: un gordo fofo que apenas si puede moverse, un delincuente que gana plata robándole a la gente, un pajero que se pasa las noches masturbándose delante de la pantalla.La prédica de padre me dejó helado. No sabía que estuviera tan al corriente de mis actividades. Con el resto de entereza y amor propio que me quedaba le expliqué que mi problema de peso era remediable, que mis desfalcos en Internet se dirigían prioritariamente contra grandes corporaciones y que si alguna vez me había sorprendido con las manos fuera del teclado eso no le daba derecho a concluir que se tratara de un ejercicio habitual."(Magnus, Con las mejores, p. 34).

"Yo me quedé mirando al que no hablaba: tenía unas manchitas en la parte blanca del ojo y, cada tanto, por el efecto de la luz, las manchitas, que eran más opacas que el resto, se iluminaban y brillaban más."
(Bruzzone, Sueño con medusas, p. 73)

(Ambos en Uno a uno, ed. Mondadori, junio de 2008).

martes, 27 de noviembre de 2007

Las diferencias entre ellos y ellas


Los tableros para despertar el deseo, de acuerdo al género

viernes, 23 de noviembre de 2007

Hoy, nos pescan In Fraganti

Viernes 23 de noviembre
19 horas
Librería El Ateneo (ex cine Gran Splendid)
Santa Fe 1860, 2º Piso
Presentan:
Juan Sasturain
Vicente Battista
Ernesto Mallo
Van los autores
Y puede que haya alguna sorpresa
ESTA VEZ AVISAMOS CON TIEMPO

domingo, 18 de noviembre de 2007

Martes 20 de noviembre 21 horas
Bartolomé Mitre 1525
Capital

sábado, 17 de noviembre de 2007

Mi última cita (7) - El encanto de la comida china

Por el Libanés

La dueña del restaurante nos atendió como siempre, en su vestido rojo con ideogramas amarillos: metro cincuenta de adorable simpatía. Ocupamos una mesa junto a la pared, y Selene dijo: “soy un poco aburrida, no tomo alcohol, aunque si querés puedo compartir una cerveza, si tenés ganas…”. Estaba sentaba frente a mí pero sin mirarme, sin apoyar la espalda en la silla, su cuerpo hacia la puerta de entrada; las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas. Bien de perfil. Y así empezamos a hablar. De su familia. De la mía. De sus estudios. De los míos (abandonados). Del libro de los chanchitos que habíamos visto en la librería del Village, que quise regalarle pero ella no aceptó con la excusa de que ya habría tiempo para regalos. “Hice un trabajo muy serio con mi analista para encontrar en mí los rasgos onanistas que todos tenemos”. Cuando llegó la cerveza (Quilmes tres cuartos) y un té frío para mí (servido en porrón, muy dulce, como a mí me gusta), no pude contenerme y planteé mi hipótesis.

“Mirá, Selene, yo creo que vos sos un invento de mi analista, no sos real, sos un conjunto de cámaras y micrófonos, una actriz al servicio de mi analista, o más aún: un robot que mi analista encargó diseñar a los rusos para verificar mi comportamiento con las mujeres. Y no te culpo, pero necesitaba decírtelo”. Ella sonrió, tres cuartos de perfil, y pude ver el brillo de su ojo derecho: “no, no soy un invento de nadie -dijo tentada- soy real, existo, tengo 24 años, estudio cine y estoy buscando trabajo”. Por primera vez me miraba a los ojos. La risa sincera embellece a cualquier mujer, y da seguridad al hombre que ha provocado la risa. Era como si el robot, o lo que fuera que ella fuese, supiera que había que generar confianza para que yo me olvidase del artificio. La comida llegó rápido: pasta de nabo para los dos, arroz con verduras para ella y un pollo al vapor para mí. Bien, como de costumbre, pero la estrella de ese lugar es el pollo frito. De repente sonó mi celular: “disculpame, Selene”, dije y atendí. Del otro lado, una mujer que había conocido en una fiesta hacía más de ocho meses, y perseguido sistemáticamente desde entonces sin ningún tipo de resultado, me llamaba con voz seductora: “hola Libanés ¿podés hablar?”.

“Ahora no (Selene ya casi me daba la espalda), lo siento, podemos hablar mañana, si querés”. Cuando corté, Selene me preguntó si era alguien importante y dije que no, “nada importante”. Mi celular volvió a sonar dos veces, anunciando mensajes de texto, que aproveché para leer cuando Selene fue al baño: 1. “disculpame si te importuné”. 2. “Sos más simpático por mail”.

Hubo un instante, los interminables minutos que una mujer demora en el baño, en que quise ser el personaje de mi cuento. Ponerme los calzoncillos, dejar el dinero arriba de la mesa y salir a la calle en busca de aquella mujer. No de la mujer real, sino de la que estaba en mí, hermosa, delgada, atrevida, resplandeciente. Ir a mi departamento y pensar en ella toda la noche hasta retener para siempre su imagen. No hablar nunca más con aquella mujer ni con ninguna otra. Borrar su teléfono y el teléfono de Selene. Encontrar el interruptor para apagarme. La angustia que sigue a la masturbación. El papel hecho un bollo sobre la mesa de luz. Mi cara horrible frente al espejo. Las ojeras. La distancia y el tiempo multiplican mi fealdad. Soy horrible. Y Selene es fea. Bien fea. Selene no es aquella otra mujer. ¿Por qué justo tuvo que llamarme ahora? Si no hubiese llamado…

Al parecer, en el baño, Selene se había quitado el saquito. Buenas tetas… Las tetas de mi madre, de mi abuela. Mi madre y mi abuela en una producción para Playboy, en una playa de Florianópolis. Cuando ocupó otra vez su silla, pude ver sus rollos por debajo de la remera. Lo Horrible había hecho su entrada al restaurante, de mano de la Culpa, y la Culpa pedía el pollo frito al limón, y lo disfrutaba frente a mí, en otra mesa, junto a lo Horrible convertido en la Belleza, gracias a una buena dosis de vino y dos porciones de arrolladitos de carne. En nuestra mesa, la botella de Quilmes tres cuartos sin terminar. Selene parecía incómoda y yo no dejaba de hablar. Hablé mucho. De mí, de mis amigos, de los amigos que perdí, de los que fueron quedándose en el camino, del que murió de sobredosis en una granja de rehabilitación, de mis anteriores parejas, de la que me dejó por otro hombre que la había deslumbrado, de la que me dejó porque yo era incapaz de garantizarle seguridad emocional y económica, de la amiga que siempre quise y nunca se fijó en mí, de mi compulsión al enamoramiento, de mi pasado callejero y mi futuro como gran escritor del pueblo, poeta de las masas, arte hecho realidad. Ella, fiel espejo de mí, respondió a todo con historias tan o más desencajadas que las mías. La pornografía de las palabras le echaba paladas de tierra a cualquier otro tipo de pornografía, y debajo, con su manita triste y azul, moría de horror la sensualidad. De repente, cuando la idea del robot había dado paso a las marionetas parlanchines, Selene dijo lo siguiente: “tu analista es la mejor amiga de mis papás”. Silencio. Un silencio oscuro. Pedí la cuenta.

En la calle, le pregunté si quería ir a algún bar y ella dijo “estoy cansada, pero si vos querés…”. Y después: “mirá, quiero ser sincera con vos, podemos hablar toda la noche, se ve que tenemos cosas en común, pero no va a pasar nada más; si querés ir a un bar, vamos, yo no tengo historia”. Mientras caminábamos por Callao, en dirección a Santa Fe, yo cada vez más escondido bajo mi gorrito marrón, ella dijo: “no quise decírtelo antes, pero en la mesa de al lado a la nuestra estaba mi ex novio, estuvo toda la noche ahí”.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Apuntes acerca de mi viejo (4)

por Diego Grillo Trubba


1. -¿Estás en el trabajo?
-Este es el número de teléfono del trabajo, mamá, no el celular.
-Ah.
-...
-¿Estás ocupado?
-Nunca estoy ocupado, acá.
-¿Cuando salgas podés pasar por casa?
-¿Pasó algo?
-¿Cuando salgas podés pasar por casa?
-¿Qué pasó?
-No tiene sentido que te apures.
-¿Qué pasó?
-Dale, cuando salgas pasá por casa.
-¿Querés que pase ahora? Puedo irme, si pasó algo grave.
-Es grave, sí.
-Ok, salgo para allá.
-Pero quedate tranquilo.
Cuelgo. Mis compañeros de oficina me observan. Suspiro. Digo:
-Me parece que se murió mi viejo.

2. El recorrido que separa la Secretaría de Agricultura de la estación Catedral serán unas doce cuadras. Lo hago siempre caminando. Hoy, con paso acelerado.
Murió alguien, estoy seguro. La pregunta es quién. Papá se pegó un tiro hace un año, y desde entonces quedó medio pelotudo. Mi abuela es vieja, y la última vez que Celia, mi tarotista, tiró las cartas en referencia a ella, dijo "disfrutala". Pero no, no puede ser mi abuela, mamá habría estado llorando, al fin y al cabo es su madre. Malena, mi perra, pienso entonces. Se fue corriendo por la plaza, cruzó la calle, la atropelló un coche. Mamá no lloraría. Yo sí.
Malena o mi viejo, pienso entonces. Cruzo Belgrano. Pienso:
-Por favor, que no haya sido la perra.

3. Se abren las puertas del departamento. Malena corre hacia mí. Me agacho, la abrazo, ella rodea con sus patas mi cuello y me da lametones en el rostro. Cuando giro la cabeza hacia la cocina, descubro a mamá que me mira sentada.
-Ya sabés -dice.
Vuelvo a abrazar a la perra.

4. Es miércoles. Tengo psicoanalista y doy clases de taller con Maxi. Llamo a Maxi.
-Qué hacés, chabón -dice del otro lado.
-Se murió mi viejo, loco.
Silencio. Maxi me pregunta si estoy bien. Soy toda sinceridad:
-No siento nada, no siento nada.
-Quedate tranquilo, hoy la clase la doy solo -dice.
-No, voy, voy.
-¿Venís?
-Voy.

5. Escribo un post en el blog. Informo que se murió mi viejo. Digo que no quiero que me llame nadie. No quiero que me llame nadie. Mis amigos leen el blog todos los días.
Me voy a dormir.

6. Entro en el consultorio. La analista va a su lugar tras el diván, yo me quedo parado. Le pido si nos podemos sentar al escritorio, hoy. Ella dice sí. Se sienta. Me mira.
-Se murió mi viejo -digo.
Y entonces sí, me pongo a llorar.

7. Llego al taller. Las alumnas me miran. Una me palmea la espalda. En este preciso instante recuerdo que ellas también leen el blog. Mierda.
Mariela me pregunta si estoy bien.
-Dos Rivo. Estoy un poco mareado -digo.

8. Hoy no vamos a cenar con las alumnas. Maxi arregló para ir con sus amigos. Insiste para que lo acompañe. Sus amigos son todos periodistas, buena onda. Sin embargo, me siento lejos. No es nuevo: siempre me siento lejos de la gente con la que converso. Pero hoy es distinto.

9. En un momento empiezo a seguirles el ritmo. Hablamos de mujeres, de trabajos. Miramos minas de otras mesas. Nunca vengo a Las Cañitas, la onda no me cabe. Las minas están bárbaras. Yo miro. Maxi, cada tanto, me pregunta si estoy bien.

10. Cuando llego a casa y me recuesto, me digo que mañana voy a faltar al trabajo. "Murió mi viejo", pienso, "me tienen que dar el día".
Y lo que pienso luego es:
"Algo bueno tiene que haber en todo esto."
Luego, me duermo.