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sábado, 17 de noviembre de 2007

Mi última cita (7) - El encanto de la comida china

Por el Libanés

La dueña del restaurante nos atendió como siempre, en su vestido rojo con ideogramas amarillos: metro cincuenta de adorable simpatía. Ocupamos una mesa junto a la pared, y Selene dijo: “soy un poco aburrida, no tomo alcohol, aunque si querés puedo compartir una cerveza, si tenés ganas…”. Estaba sentaba frente a mí pero sin mirarme, sin apoyar la espalda en la silla, su cuerpo hacia la puerta de entrada; las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas. Bien de perfil. Y así empezamos a hablar. De su familia. De la mía. De sus estudios. De los míos (abandonados). Del libro de los chanchitos que habíamos visto en la librería del Village, que quise regalarle pero ella no aceptó con la excusa de que ya habría tiempo para regalos. “Hice un trabajo muy serio con mi analista para encontrar en mí los rasgos onanistas que todos tenemos”. Cuando llegó la cerveza (Quilmes tres cuartos) y un té frío para mí (servido en porrón, muy dulce, como a mí me gusta), no pude contenerme y planteé mi hipótesis.

“Mirá, Selene, yo creo que vos sos un invento de mi analista, no sos real, sos un conjunto de cámaras y micrófonos, una actriz al servicio de mi analista, o más aún: un robot que mi analista encargó diseñar a los rusos para verificar mi comportamiento con las mujeres. Y no te culpo, pero necesitaba decírtelo”. Ella sonrió, tres cuartos de perfil, y pude ver el brillo de su ojo derecho: “no, no soy un invento de nadie -dijo tentada- soy real, existo, tengo 24 años, estudio cine y estoy buscando trabajo”. Por primera vez me miraba a los ojos. La risa sincera embellece a cualquier mujer, y da seguridad al hombre que ha provocado la risa. Era como si el robot, o lo que fuera que ella fuese, supiera que había que generar confianza para que yo me olvidase del artificio. La comida llegó rápido: pasta de nabo para los dos, arroz con verduras para ella y un pollo al vapor para mí. Bien, como de costumbre, pero la estrella de ese lugar es el pollo frito. De repente sonó mi celular: “disculpame, Selene”, dije y atendí. Del otro lado, una mujer que había conocido en una fiesta hacía más de ocho meses, y perseguido sistemáticamente desde entonces sin ningún tipo de resultado, me llamaba con voz seductora: “hola Libanés ¿podés hablar?”.

“Ahora no (Selene ya casi me daba la espalda), lo siento, podemos hablar mañana, si querés”. Cuando corté, Selene me preguntó si era alguien importante y dije que no, “nada importante”. Mi celular volvió a sonar dos veces, anunciando mensajes de texto, que aproveché para leer cuando Selene fue al baño: 1. “disculpame si te importuné”. 2. “Sos más simpático por mail”.

Hubo un instante, los interminables minutos que una mujer demora en el baño, en que quise ser el personaje de mi cuento. Ponerme los calzoncillos, dejar el dinero arriba de la mesa y salir a la calle en busca de aquella mujer. No de la mujer real, sino de la que estaba en mí, hermosa, delgada, atrevida, resplandeciente. Ir a mi departamento y pensar en ella toda la noche hasta retener para siempre su imagen. No hablar nunca más con aquella mujer ni con ninguna otra. Borrar su teléfono y el teléfono de Selene. Encontrar el interruptor para apagarme. La angustia que sigue a la masturbación. El papel hecho un bollo sobre la mesa de luz. Mi cara horrible frente al espejo. Las ojeras. La distancia y el tiempo multiplican mi fealdad. Soy horrible. Y Selene es fea. Bien fea. Selene no es aquella otra mujer. ¿Por qué justo tuvo que llamarme ahora? Si no hubiese llamado…

Al parecer, en el baño, Selene se había quitado el saquito. Buenas tetas… Las tetas de mi madre, de mi abuela. Mi madre y mi abuela en una producción para Playboy, en una playa de Florianópolis. Cuando ocupó otra vez su silla, pude ver sus rollos por debajo de la remera. Lo Horrible había hecho su entrada al restaurante, de mano de la Culpa, y la Culpa pedía el pollo frito al limón, y lo disfrutaba frente a mí, en otra mesa, junto a lo Horrible convertido en la Belleza, gracias a una buena dosis de vino y dos porciones de arrolladitos de carne. En nuestra mesa, la botella de Quilmes tres cuartos sin terminar. Selene parecía incómoda y yo no dejaba de hablar. Hablé mucho. De mí, de mis amigos, de los amigos que perdí, de los que fueron quedándose en el camino, del que murió de sobredosis en una granja de rehabilitación, de mis anteriores parejas, de la que me dejó por otro hombre que la había deslumbrado, de la que me dejó porque yo era incapaz de garantizarle seguridad emocional y económica, de la amiga que siempre quise y nunca se fijó en mí, de mi compulsión al enamoramiento, de mi pasado callejero y mi futuro como gran escritor del pueblo, poeta de las masas, arte hecho realidad. Ella, fiel espejo de mí, respondió a todo con historias tan o más desencajadas que las mías. La pornografía de las palabras le echaba paladas de tierra a cualquier otro tipo de pornografía, y debajo, con su manita triste y azul, moría de horror la sensualidad. De repente, cuando la idea del robot había dado paso a las marionetas parlanchines, Selene dijo lo siguiente: “tu analista es la mejor amiga de mis papás”. Silencio. Un silencio oscuro. Pedí la cuenta.

En la calle, le pregunté si quería ir a algún bar y ella dijo “estoy cansada, pero si vos querés…”. Y después: “mirá, quiero ser sincera con vos, podemos hablar toda la noche, se ve que tenemos cosas en común, pero no va a pasar nada más; si querés ir a un bar, vamos, yo no tengo historia”. Mientras caminábamos por Callao, en dirección a Santa Fe, yo cada vez más escondido bajo mi gorrito marrón, ella dijo: “no quise decírtelo antes, pero en la mesa de al lado a la nuestra estaba mi ex novio, estuvo toda la noche ahí”.

lunes, 29 de octubre de 2007

Mi última cita (6)

por El Libanés

6 – La chica de los colores
Llegué media hora antes, perfumado y bien vestido, con mi gorrito marrón, como si viviese en Toronto. Y nevara. Y Selene fuese una de esas mujeres grandotas, de caderas generosas. El gorrito hace a la imagen del escritor. Todos los “jóvenes escritores” tienen su gorrito de lana; el mío, además de protegerme la pelada, es de lo más pintoresco. Salí a caminar por Toronto. Por Toronto no, por Recoleta, y llegué media hora antes a la cita. Las manos me transpiraban y el frío se burlaba de mi gorrito marrón. Entonces pensé que lo mejor era dar una vuelta y de paso buscar algún bar agradable donde llevar a Selene. Recoleta es un fiasco. Ningún bar que valga la pena. Mucho glamour, mucha chica ofreciendo entrar a lugares que retumban de música chill out.
A las nueve en punto, otra vez frente a la vidriera de la librería Cúspide, llamé al celular de Selene. “Hola, ¿dónde estás?”. “En la esquina del Mac Donalds –dijo- soy la chica que lleva un montón de colores”. Por un instante imaginé un payaso gigante, una mujer desnuda debajo de un traje de payaso. Pero enseguida apareció Selene con su pantalón verde, su pullover rojo, su blusa amarilla y sus zapatos negros. Lo primero que hubiese dicho cualquiera de mis amigas: “se viste mal”. Lo primero que hubiese dicho cualquiera de mis amigos: “no es linda, andate”. Pero el escritor me guiñó el ojo desde la vidriera, detrás de los dos chanchos que cogen en el pastito, y me dijo “un intercambio cultural no se le niega a nadie”. Aunque discutible, la idea del escritor terminó por imponerse, y la sonrisa de Selene me calmó. Ni linda ni fea, una boca atractiva, ojos marrones, azucarados; aunque debajo de tanta ropa de tan variados colores y estilos no se podía distinguir ni una sola forma femenina. ¿Podría estar con una mujer así? Un beso en la mejilla. Simpatía, buena onda, aunque algo distante. ¿Qué habrá pensado ella de mí en ese momento? ¿Le habré parecido atractivo?
Empezamos a caminar sin rumbo, por la calle que bordea el Cementerio, hacia Pueyrredón. La incomodidad de dos cuerpos no demasiado cerca ni tampoco demasiado lejos. “No esperes que elija ningún lugar”, dijo Selene sin sonreír. Y no dijo más nada. La simpatía telefónica había sido estrangulada por la tensión del momento. Es sólo tensión, cierto nerviosismo. Y entonces se me ocurrió ir a un restaurante chino atendido por la mujer más adorable del planeta. Un nombre con muchas “u”: Uilun, o algo así. “Podemos ir a Los Cinco Corderos, hacen un pollo frito al limón que es una obra de arte”. “No como frito, pero me parece bien”, dijo y sonrió. Había encontrado el lugar para Selene, el lugar donde Selene y yo nos sentiríamos cómodos y podríamos relajarnos hasta el punto la perfecta comunión. Siempre y cuando encontráramos verduras al vapor, porque ella tampoco comía carne ni pollo ni pescado. Cuando me preguntó con quién había ido a ese restaurante, dije “con amigos”, aunque debería haber dicho “con mi ex novia”. Pero claro, el escritor ya había hecho el duelo de las palabras con su ex, dedicándole una o más historias, y yo, animalito de análisis, había hecho, o al menos eso creía, el duelo espiritual con la mía. Pero cuando las personas parecen haberse ido, siempre nos esperan los fantasmas.

domingo, 28 de octubre de 2007

Una anécdota de París

por Juan Terranova

Buenas noches, me pidieron que trajera una historia de sexo o amor y la verdad es que no tengo una historia para hoy, para ahora. Así que pido disculpas. Tengo sí una anécdota. Espero que les guste porque a mí me trae muy buenos recuerdos. Lo que les voy a contar pasó hace mucho, unos veinte años. Yo había tenido un período de abstinencia muy grande. Había estado en Alemania cuatro meses y había tenido sexo una sola vez. Una sola vez en cuatro meses. Así que cuando llegué a París, entre muchas otras necesidades, una era conocer chicas. No se cómo funciona la abstinencia en ustedes, pero creo que funciona de la misma manera en todo el mundo. Conocí una italiana. Vimos unas treinta películas juntos. Una película muda, un estreno, un documental a las tres de la tarde de un sábado nublado, una película de Pasolini. En la oscuridad, la sentía respirar y se me aceleraba el corazón. Cada tanto, pero muy cada tanto, me entretenía con lo que pasaba en la pantalla. Fueron dos meses de vernos. Yo a veces pensaba que podía ser, que ella me iba a aceptar y otras que no, que me iba a rechazar. Y ella hablaba muy bien el francés y obviamente muy bien el italiano. Y yo le pedía que me hablara y ella me hablaba. Finalmente una noche muy fría, tomamos en el Boulevard Montmartre un taxi muy caro que nos dejó en Montparnasse donde ella vivía y en la puerta me preguntó si quería subir. Me acuerdo que había un árabe borracho en la escalera. Ella vivía en un departamento de dos ambientes. Tomamos una taza de café y entonces le hablé en español, le conté todo, la abstinencia, la única que vez que tuve sexo en Alemania, las horribles masturbaciones con la televisión de fondo. Los dos estábamos muy nerviosos. Y ella me dijo: "No te entiendo nada" pero me besó y entonces me dijo en italiano, en un italiano muy claro, que estaba nerviosa porque hacía meses que no tenía relaciones sexuales. Fue el shing y el shang, esa noche, en París. Gracias.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Mi última cita (4)

por el Libanés

(viene de acá)

4 – Selenita la cambiante
La respuesta de Selene no se hizo esperar: al día siguiente, en mi casilla de mails, bajo el asunto “Bricolage”, había un nuevo mensaje (con ganchito). Sus mensajes eran todo lo que esperaba por aquellos días, o mejor dicho casi todo, también esperaba encontrarme con ella antes del recital, aunque ahora ya estaba atrapado: si me encontraba antes y las cosas no funcionaban, el recital iba a ser insoportable; por otro lado, si al verla por primera vez en la entrada de Niceto, Buenas Tetas resultaba ser mi amigo Jesús de la primaria con la nariz torcida de tanto meterse cosas malas, el recital iba a ser insoportable. Para que Aristimuño sonara bien, Selene tenía que ser realmente Buenas Tetas, encontrarme con ella uno o dos días antes, coger dos o tres veces, darle un beso de amor y varios más de los otros, invitarla a tomar un café o una cerveza, decirle “te amo” en mi casa, “qué buenas tetas” en el taxi camino a mi casa, “mordería tu cuello hasta que saliera purpurina” en un bar cualquiera, mesa de por medio.
Su mail aclaraba lo simpático que le había resultado mi último mensaje (“me cayó muy bien”) y redoblaba la apuesta: “Y…una última cosa. Después de tanto mail, tanta mirada en duplicado y tanto hacer lo que tengo ganas sin dar vueltas, apareció Selenita la cambiante. De repente me parece que falta mucho para el recital, ¿no? Quizás podemos hacer que surja eso de vernos antes.” Pero lo que más recuerdo de aquel mail fue su lamento por tener que resignar los corpiños verdes y las tangas a lunares que su amiga y ella habían pensado arrojar al escenario. A la noche imaginé esos corpiños, recostado en la cama, con la cortina de la habitación golpeándose por el viento. Selene al fin tenía un color: verde, a lunares; y la piel bronceada, y unas caderas jugosas, de esas que sirven para pasar los inviernos y disfrutar la llegada de la primavera. A esa altura lo que menos me importaba era el adjunto y su ganchito: una imagen escaneada de las tres entradas con los nombres de cada uno escritos a mano en tres etiquetas superpuestas. Sí, en ese momento, pensé en la canción “Té para tres” de Cerati, y en los tres chanchitos, y sólo un poco en la posibilidad de hacer, como dice un amigo de mi madre, un menjunje atroz.
Ese sábado me levanté a las ocho de la mañana. No podía dormir. A eso de las nueve, un mensaje de texto en mi celular informaba que cierto libro en que tengo una humilde participación ya estaba en todas las librerías del país. Un libro de chanchadas. En el baño, mientras me lavaba los dientes, hablé con el escritor en el espejo, ese tipo serio que debate acerca de onanismo con su analista y lee cosas serias como por ejemplo “El erotismo” de Bataille, y se nutre a cada segundo, a cada minuto de esta vida, con lo más puro y sagrado de la alta literatura, y le dije, “macho, tu cuento está en las librerías ¿vamos?” Silencio de baño seguido por el ruido del inodoro. Vamos. Y en efecto, en la vidriera de la librería, el libro chancho lucía su tapa verde, como el corpiño de Selene. Reflejada en el cristal, la imagen fantasmagórica del escritor me decía “llamala, puto, que ahora sos un escritor famoso”. Así que busqué su número en mi celular, conté hasta cinco, y apreté el verde botón de la esperanza.

(continuará)

viernes, 7 de septiembre de 2007

Te quiero como Friend II

Por Simón


REVIVAL

Yo dije que me iba, ella dijo “esperá” y creo que fue lo único que dijo porque no me dejó pensar y me saltó encima. Entonces, tuvimos nuestra verdadera noche de sexo. Un gran sexo diría: sin prejuicios ni inhibiciones, sin importarnos nada, con mucha conexión y entusiasmo. De esas veces en las que todo termina por decantación, por una sucesión de besos y caricias que conducen hacia un orgasmo perfecto, si la expresión no es redundante. Quedé boca arriba con la respiración acelerada. Esta vez fue ella quien buscó los cigarrillos y me beso.
Pese a los buenos augurios, la situación volvió a ser la misma. Ella enmudeció de nuevo, renovando mis dudas anteriores y haciendo surgir nuevas:¿estará por sufrir un ataque de epilepsia? ¿se sentirá incómoda conmigo en la cama? ¿podrá fumar y hablar al mismo tiempo? El proceso duro menos...

LA CAJA BOBA

Luego de permanecer unos diez minutos en silencio, tiempo que para estar desnudos en una cama puede ser demasiado, de pronto dijo: “¿Te gusta Friends?”. Dudé unos segundos, pero dije sí con entusiasmo fingido ante el temor de que una respuesta negativa volviera a callarla. “Qué bueno”, exclamó y encendió la televisión. En el poco tiempo que duraron los comerciales me habló sobre sus personajes favoritos, aunque todos eran sus favoritos porque la serie le encantaba. Además, me comentó que algunos personajes habían experimentado cambios, aunque imaginé que los verdaderos cambios venían de su parte. “Qué bien”, dije con la mirada en la tele. Entonces, comenzó la serie.

LA METAMORFOSIS

Ella comenzó a emitir pequeños sonidos, casi tímidos, apenas perceptibles, luego sus labios se abrieron un poquito y dejó escapar algunas risitas, luego los sonidos se tornaron en jijijís que fueron acompañados por movimientos de vientre, los jijijís se hicieron jajajás y jojojós, y muchos jojojós, que luego fueron más largos y se combinaron con los anteriores jojojoooooooóss jijijís, jajajaja, jijiiji, jaraijas al tiempo que su cuerpo comenzaba a moverse de forma espasmódica y todo tan de repente, menos de tres minutos de capítulo que dispararon lágrimas en sus ojos ante la entrada de cada personaje, aunque más no fuera con gestos nimios y líneas de texto muy breves: Joey decía “Buen día” y ella estallaba; Chandler decía “No es así, Rachel” y ella aplaudía junto a los aplaudidores de la tele que siempre se ríen más de la cuenta pero en comparación con ella eran simples aprendices de la risa. Y yo, desnudo a un lado de la cama, me pregunté si no había llegado el momento de irme, así que me vestí y dije “me voy”, pero ella dijo “ssshhh... pará pará” y continuó riendo hasta que llegó el corte, se puso algo de ropa de manera urgente, me dijo “dale que llegó la pausa”, en el ascensor no pronunció palabra, al despedirme le dije “hablamos” y ella dijo “dalebuenochauchau” y, calculo, en menos de treinta segundos habrá estado en su cama agonizando de risa.


ALGUNAS CONCLUSIONES

Al regresar a casa me sentí más vacío que de costumbre, tanto que hasta me dieron ganas de salir a conocer otras mujeres. Sin embargo, decidí otorgarle a la candidata una nueva chance. Esta vez, el encuentro fue directamente en su casa, directamente en su cama y directamente, antes de que se acercase la hora de la repetición de Friends, huí despavorido.
Lo cierto es que, con el pasar de los meses, hoy tenemos una relación maravillosa. Después de alrededor de cinco encuentros, hemos logrado avances notorios: le envío un mensaje, ella responde, concertamos una cita, paso por su casa, hacemos el amor una o dos veces y, a la hora señalada, me visto en silencio, digo buenas noches y me voy. Ella queda mirando Friends.
Algunos dirán que es una relación fría, desprovista de cualquier tipo de amor, pero yo puedo asegurarles que es falso. Nos amamos en la cama y, antes y después, el trato es de verdadera camaradería, amigos solidarios que se ayudan en la descarga de impulsos biológicos predeterminados. Nos respetamos mucho, no hay preguntas, no hay lágrimas, ella no me cuestiona y yo no cuestiono Friends. No es como estar enamorado, lo sabemos, pero quién puede decir que esa chica y yo no compartimos alguna de las extravagantes formas que tiene el amor.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Mi última cita (3)

por El Libanés



(viene de acá)



3 – El humor de la moral

La apuesta estaba hecha. Tocaba Aristimuño en Niceto el viernes siguiente… ahora que lo pienso creo que el recital era en quince días, sí, era en quince días, porque antes hubo tiempo para que se presentara El Capo Cómico que habita en mí, el tipo chispeante y decidido, capaz de encender una hornalla con el gas apagado. “Visto, estimada Selene, que toca nuestro querido Lisandro y usted supongo irá y yo desde luego iré, no puedo menos que decir: vamos juntos”. A lo que ella respondió que sí, que le parecía una buena forma de conocernos pero que, sin embargo, la incomodaba un poco algo que no tenía que ver conmigo sino con la situación en general, o con otra cosa, “pero no te lo tomes personal, porque no es con vos, sólo que todo es un poco raro y ya… si querés, cuando vayamos con mi amiga a sacar las entradas, sacamos una más para vos… ¿necesitas más?” ¿Con la amiga? Sí, Selene, estaba pensando en invitar a mi grupo de amigos de la secundaria y a Jesús, un compañerito de la primaria, que con ese nombre y todo era el Diablo metido en el cuerpo de un niño.

Lo que otros verían como algo triste, pesado, imposible de remontar, algunos lo vemos como una posibilidad de hacer humor, y entonces ahí hace su entrada el Capo Cómico, con sus patines de rueditas trabadas, impulsado por las manos de la necesidad y tirado por la soga de la calentura. El tipo se olvida de la amiga estampilla, de las incomodidades, de todas las barreras; se sienta en su cómodo sillón de palabras y escribe el siguiente mail: “Acepto que compres mi entrada anticipada, y te lo agradezco, sólo si no implica un esfuerzo o una responsabilidad para vos. Prometo devolverte el dinero, obvio. Sólo pido la firma tuya y de tu amiga bajo este breve tratado de paz:

1. Ambas nos comprometemos a no juzgarlo por el primer comentario idiota que haga.

2. Ambas nos comprometemos a no hablar en secreto mientras él esté presente.

3. Ambas nos comprometemos a no arrojar ropa interior al escenario mientras él esté presente.

.................. .....................”

Ese mismo jueves, en la visita correspondiente a mi analista, le dije: Luisa, seamos sinceros: decime quién es Selene en verdad y qué tiene que ver con vos, cómo se conocen, hasta dónde puedo “salir” con ella sin pensar que es una maquinaria tuya para curar ciertos problemas míos, una especie de reality, con cámaras y todo, en el que se analiza mi comportamiento (“errático”, “errante”, “cobarde”, “onanista”) frente a la mujer, la mujer que es una amiga o una puta, la mujer que es mi madre una amiga una puta, la mujer para casarme o para coger, el espejito de la moral familiar; mi bisabuelo que vino de El Líbano y montó en San Eduardo, un pequeño pueblito de Santa Fe, una tienda de ramos generales, donde golpeaba el fondo de las cacerolas contra el mostrador de madera y decía “irrompible, dura más de cien años”. Como la moral. Cien años de moral. Pero cuando mis padres se casaron -mi mamá siempre lo cuenta con una sonrisa inocultable- la primera vez que puso una de esas cacerolas sobre el fuego se desfondó en un segundo. Y el resto, un juego completo muy primoroso que el bisabuelo les había regalado con la confianza puesta en él y en todos sus antecesores, no duró más de unos meses. Creo que queda una solita, un jarrito, creo, en la casa de mi madre. Y eso dice mi analista, “dejate de joder con la moral”. Cacerola rota. Y de Selene dice muy poco: “ella me hace unas traducciones, nada más, no sé mucho más de ella, pero es una chica encantadora, los contacté por un asunto laboral”.


(continuará)

sábado, 1 de septiembre de 2007

Ciro y el cuello de mi chica punk

Por Felix

Antes de conocer a Carola y de obsesionarme con vida y obra de Ciro Pertusi conozco a una chica punk en la panchería donde paro siempre a almorzar. Nos vemos dos veces: ella come dos hamburguesas con huevo frito y yo dos superpanchos, y no nos hablamos. Y a la tercera vez nos miramos fijo y terminamos cogiendo de parados en el baño del lugar. Ella tiene un piercing en la concha y acaba rápido. Yo tardo un poco más, y en los últimos instantes no sé si ella, después de acabar, simula la prolongación de su orgasmo o no. Igual, su jadeo entrecortado me excita muchísimo. Salimos de ahí y vamos a otros baños públicos. Entre baño y baño nos pajeamos bastante y ella en un momento me la chupa atrás de un panel de madera, parte del frente de obra de una torre en construcción. Un obrero grita qué grande, papá, y otro nos revolea un cascote que casi nos pega pero no nos desconcentra. Ella después empieza a cantar “Sola en la cancha” y con la boca imita a todos los instrumentos. Un temazo, dice cuando termina, y entonces me cuenta de la vez que conoció a Ciro. Yo vivía en Mercedes, iba en la bici y Ataque ese día iba a tocar en la Sociedad de Fomento. Yo no los conocía. Y cuando paso por el Hotel San Martín, paraban ahí, había un montón de gente en la puerta y salían ellos de adentro. Yo paré a mirar y me acerqué. Para mí Ciro era un pelado botón que lo único que le interesaba era firmarle autógrafos a las boluditas para después garcharselás, un hijo de puta, y cuando vi eso lo escupí. El gallo le cayó en la pelada y se dio cuenta de que había sido yo y se me quedó mirando, los ojos me mataban, tenían algo incontrolable, un volcán, y entonces juntó saliva, yo lo vi todo como en cámara lenta, y me zampó un terrible gargajo acá, ¿ves?, y mi chica punk me muestra el cuello y ese collar de cuero y tachas que lleva ahora pero que seguro que en su adolescencia mercedina no llevaba, le beso el cuello, el collar, y salimos corriendo a buscar otro baño.

jueves, 30 de agosto de 2007

Te quiero como friend


Por Simón



LA CITA

Pese a no conocernos las caras, confiamos en nuestros amigos en común y decidimos asumir que la intriga y las ganas de conocer a alguien, eran razones más poderosas que la depresión por tener que recurrir a una cita a ciegas. Combinamos en que yo pasaría a buscarla por su casa y de ese modo evitábamos los desencuentros de ocasión, las confusiones con otras personas, los distintivos y las descripciones del tipo: “tengo pelo negro y mido uno ochenta”.
La primera impresión me resultó interesante, y también lo fue la conversación acompañada por dos tragos (por cráneo) que mantuvimos en un bar durante el lapso de una hora. Por eso no me llamó tanto la atención que después de que yo le sugiriera ir a escuchar jazz a otro bar, ir a cenar (pues no habíamos comido nada) e ir a fumar un porro a la costanera, ella me sugiriera que lo fumáramos en su casa. Después de que acepté, y mientras calentaba el motor del auto, ella me miró fijamente durante tantos segundos y de tal forma que mi única salida fue escapar hacia delante y besarla para evitar la incomodidad del silencio.

LA CASA

No parecía dedicarse demasiado a su hogar, tampoco es que no le prestara atención; simplemente era todo tan minimalista que daba la sensación de que el departamento estaba siendo exhibido para la venta por una inmobiliaria. Me contó que “su amiga con quien vivía” recién se había mudado de allí. El tema es que su amiga había dejado como legado era una pintura que no pudo trasladar a su nueva casa. Se trataba de un lienzo de un metro y medio cada lado, y aunque no estaba terminada, tenía la imagen en tamaño superfamiliar de la cara de un niño, supongo que lindo que tenía una mirada apagada, por no decir sin muchas luces. De hecho, aunque esto no estaba pintado, daba la impresión de que se le chorreaban los mocos. El retrato del niño estaba justo frente al sofá en el que nos habíamos sentado, y al ocupar la mitad del living, se me figuraba como una especie de Gran Hermano Menor cuya presencia no podía evitar.
Me dijo que le gustaba cualquier música, que por eso no tenía compacts, y que eligiera alguno de los diez discos que había olvidado su amiga. Puse uno de Bjork: ni muy abajo ni muy arriba ni muy interesante ni del todo aburrido. Inmediatamente me prendí el porro y lo fumamos mientras apretamos nuestros cuerpos ante la mirada inquisidora del pequeñuelo mocoso. El porro no llevaba cinco minutos de extinguido cuando caminamos perdiendo ropa hasta el dormitorio.

EL SEXO

Fue bueno para una primera cita: hubo por momentos cierta conexión, hubo cierto permiso para experimentar pero sin perder la iniciativa ni las ganas. Sin embargo hubo una diferencia notoria en que, mientras a mí la marihuana me había relajado, ella parecía ir sumando ansiedad y temperatura, hasta que de pronto le puso velocidad a la marcha y, como siempre pasa, cuanto más rápido se va, más temprano se llega. Todo concluyó bien, podría decirse por encima de las expectativas de ambos, teniendo en cuenta que nos conocíamos hacía algo más de una hora y media.

LA CAMA


Ella fuma, yo también lo hago, por lo que me ofrecí a buscar mis cigarrillos, perdidos en el pantalón por algún lugar del living. Me puse un calzoncillo (N. del R.: tengo la política de permanecer desnudo la mayor cantidad de tiempo posible, pero el límite lo marca cuando la dama necesita ponerse algo de ropa para sentirse más cómoda. Al decir verdad, yo también estoy más cómodo si oculto al león dormido), fui hasta el living y volví con un atado y un encendedor. Me acosté junto a ella, le di un beso, le ofrecí un cigarrillo, puse otro cigarrillo en mis labios, encendí los dos, me volví a incorporar para traer un cenicero, me volví a acostar, le di otro beso, esta vez en la frente porque ella pitaba el cigarrillo, y me quedé mirando el techo durante unos veinte minutos.

LA HIPOACUSIA

Su silencio duró al menos dos cigarrillos. Intenté hablarle de algo, conocerla: el clima, el trabajo, sus estudios, sus orígenes, su familia, su casa, su amiga, su mudanza, su auto, sus mascotas, sus libros discos películas favoritas, sus tetas, sus amantes, en ese orden. Ella no decía mucho. Más bien no decía nada. Sólo miraba con un rostro tan inexpresivo que me despertó algunos interrogantes. A saber: ¿le habrá gustado el sexo?, ¿estará arrepentida de haberme traído hasta acá?, ¿estará de novia y sentirá culpa?, ¿estaré hecho un pelotudo alegre?, ¿el porro la enmudeció?, ¿le comieron la lengua los ratones?, ¿no tiene nada para decir? y, al fin, opté por debo estar hecho un pelotudo.
Lo cierto es que no dijo nada durante 30 minutos. Tiempo prudencial para dar por entendido que prefería estar sola. Y como yo también prefería estar solo solo y no solo acompañado, le dije “bueno, me voy a ir yendo...” (N. del R.: a propósito de esta frase, resulta interesante la poca determinación en la acción de irse que brinda esta expresión de seis palabras que incluye tres derivados del verbo “ir”)

-- CONTINUARÁ --

martes, 28 de agosto de 2007

Mi última cita (2)

por El Libanés

viene de acá.


2 – Escribo mails

En el primer mail que le escribí a Selene le ofrecía acercarle su cv a mi jefe y probar suerte por ahí. Cualquier otra cosa que supiera iba a mantenerla al tanto. Y con respecto a su deseo de conocer nuevos ámbitos, nueva gente relacionada con el arte, le ofrecía mi servicio gratuito de asesoramiento artístico + sensibilidad cultural + amistad incondicional + críticas actualizadas con calificación libanesa incluida (“un libanés sobre cinco, mejor quedate en tu casa leyendo la Viva”). Una mezcla de la Agenda de la Ñ con la guía del circuito gay de San Telmo. ¿Querés conocer el mejor teatro under del Abasto? ¿Querés ver la mejor película mejicana de la nueva generación? ¿Querés ir a una esquina de Villa Crespo y seguir corriendo a un tipo vestido de conejo que te lleva a una casa tomada donde la obra “sucede” en todos los ambientes, y todo es oscuro, peligroso, excitante a la vez?

Selene respondió en el mismo día un mail larguísimo en el que pedía conocer más cosas de mí: dado que yo sabía hasta el nombre de su colegio primario, no podía menos que pasarle mi cv -dijo- “al menos de un modo sui generis”. El trabajo me deja esos tiempos muertos, entre un cierre y otro, en el que sólo puedo escribir mails. Escribir y releer lo que escribo. Escribir mails y corregirlos. Leer varias veces los mails que recibo, el asunto, la hora en que los recibo, calcular cuánto tiempo demora, por ejemplo Selene, en responder mi mail del cv. Organizar carpetas por destinatarios y asuntos. Una hora y dos minutos y nada. El cierre de una obra importante terminó conmigo: a las seis de la tarde Selene seguía sin contestar. ¿Ya no quería saber más nada de mí? ¿Debería haber mentido la edad? ¿Debería haber dicho que terminé la carrera de Letras? ¿Debería haber puesto mi CUIL? Lo peor de los obsesivos es que nuestro futuro depende de un guión mal puesto o de un acento olvidado. Te perdí Selene, y todo por decir “Secundaria: Mariano Acosta, gran colegio, la pasé muy bien ahí”. ¿Por qué la aclaración? ¿Gran colegio? ¿Te parece? ¿La aclaración demuestra ansiedad? La aclaración es la ansiedad ¿Por qué estar ansioso? No estaba ansioso. Claro que no.

Me encerré en el baño. Espejito espejito decime quién es el tipo más tranquilo, más cool, más buena onda, el mejor poeta, el mejor delantero y el temor de los arqueros de fútbol cinco, el hombre que puede derretir a cualquier mujer con sus poemas pornográficos. Y el espejito, la voz nítida de espejo joven, dijo: “Mairal, ese es Pedro Mairal”.

Mi jefe recibió con gusto el cv de mi nueva amiga de taller literario: “una piba muy capaz que necesita algo urgente, si te enterás de algo…”. Para convencer a mi jefe hay sólo dos opciones: que Independiente haya ganado o que la chica en cuestión “esté buena”, algo que no sabía aún, pero podía inventar. “Sí, está buena, unas tetas…”. Y con la compañía de Buenas Tetas en mi cabecita, aquella tarde gris, nubladísima, volví del trabajo a casa para hacer las cosas que uno hace después de un largo día de trabajo, tras haber conocido, al menos imaginariamente, a Buenas Tetas, una chica de lo más encantadora. Su corpiño verde. Los breteles de su corpiño. Hacerlo con Buena Tetas en el ascensor de la oficina. Ir a tomar un café con Buenas Tetas a la salida del laburo. Invitarla a mi casa. Acá, en mi casa, los dos juntos, qué buenas tetas.

Al día siguiente Selene respondió: “Libanés, turco, cómo te habrán jodido con eso en el Mariano Acosta, el turco y sus camellos, turquito … Antes que nada, gracias por lo del CV. Yo también espero que haya suerte. De verdad. Pero si no, valió el intento”. Y después empezó el intercambio. Literario: Nieve, de M. Fermine (5 libaneses); Seda, de Baricco (nuestro caballito de batalla cuando se trata de conquistar a una mujer –antes de que salieran los porno sonetos de Pedro, claro). Musical, la primera coincidencia: Lisandro Aristimuño. Uno a cero, definición exquisita. Y ella, en otro mail, me envió una imagen que anunciaba un recital de Aristimuño, el viernes siguiente, en Niceto.

viernes, 24 de agosto de 2007

Mi última cita (1)

por El Libanés


I – Las cosas de mi analista

Mi analista conocía a una chica que estaba buscando trabajo y pensó que yo podía ayudarla, así que me dio su mail y le pasó el mío. De la chica sólo sabía el nombre: Selene. Como pasaban los días sin recibir mail de ella, a la semana le escribí para pedirle mayor información, algo que me orientase en su “búsqueda laboral”, como si yo fuese una consultora y no un miserable corrector encerrado en una miserable editorial perdida en el centro mismo de las editoriales miserables. No tuve respuesta y me olvidé del asunto.

Un sábado estaba comprando en la verdulería, cuando sonó mi celular. La voz de mi analista me recordó problemas en los que no quería pensar un sábado soleado, frente a los tomates perita y la lechuga morada. El sábado soy un hombre feliz. El hombre preocupado trabaja sólo de lunes a jueves. Y el viernes ya se prepara en mí la felicidad, esa trampa, esa máscara invisible. Así, mi semana es un vaivén en que la soledad y ciertos ritos propios de la soledad hacen lo suyo. Pero mi analista volvía a pedirme la dirección de mail porque, según dijo, Selene no podía contactarse conmigo. Antes de deletrear dos veces la maldita dirección, le pregunté quién era en verdad esta chica, por qué la insistencia, el apuro. Pensé: por qué mi analista me llamaba un sábado al celular sin tener nada importante en relación a “mi terapia”, “mi caso”, “mi problema”, “mi asunto”. Ella sólo dijo “Selene vale la pena, es una chica encantadora”. Y como mi analista es la personificación de Julio Medem y de Vila-Matas, mi Jesucristo espiritual, mi Macaya Márquez pero con pollera y sin esas corbatas tan rimbombantes, le dije “bueno, Luisa, decile que me escriba”.

Y el lunes Selene me escribió, bajo el asunto “con Luisa de por medio”, un mail simpático en el que adjuntaba su cv (Selene Maribel González, 24 años, estudiante de cine; sin foto). Mientras leía, noté un interés difuso, un aire de interés, marginado por cosas tales como “la literatura, el mundo del diseño, la publicidad, la televisión, el arte”. Por un momento me sentí uno de esos hombres bien vestidos, sentado en mi despacho de Puerto Madero, con las piernas sobre el escritorio, capaz de conseguir un trabajo con sólo apretar un botón. “Selene, ¿querés entrar en el mundo laboral que late en las expresiones artísticas? Selene ¿querés conseguir un puesto de diseñadora gráfica en el Diario Más Importante? ¿Y algo en Venezuela? ¿En New York? Tus pedidos son órdenes, preciosa”. Y entonces me vi apretando un botón en el intercomunicador de llamadas, y una secretaría, o mejor dicho el culo de una secretaría, entraba a mi despacho con la amabilidad y la predisposición de ciertos culos perfectos, a garantizar el trabajo para esta pobre niña desamparada. Palmadita de rigor y a otra cosa. Pero en ese momento mi jefe me recordó una pila de doscientas treinta y cinco hojas ansiosas de recibir mis correcciones. Correcciones de pauta: acentos en los mayúsculas, negritas, itálicas.

martes, 21 de agosto de 2007

La bailarina alemana

por Juan Terranova


La primera vez que fui al Musée D´Orsay me llevó una bailarina alemana. Ella pensaba que yo hablaba en portugués, o algo así. Un día me llamó y me dijo que tenía el día libre y quería ir a ver una muestra muy importante de pintores impresionistas que se exhibía en el Orsay. Su maestra se la había recomendado enfáticamente. Yo estaba enamorado.

Creo me gustaba porque una parte muy importante de ella todavía vivía en el siglo XIX. Yo siempre fui muy siglo XX. Incluso lo soy en este momento, en este principio terriblemente XXI. Ensayaba todos los días, por la mañana y hasta las tres de la tarde. Descansaba los domingos. Era muy disciplinada, incluso marcial. Leía poco y casi siempre poesía. Se vestía con una elegancia admirable y tenía un respeto obligado por las artes. Cuando alguien decía algo que no le gustaba –por ejemplo, que la música electroacústica era aburrida- levantaba las cejas y cerraba los ojos.

Así que ese día fuimos al Musée D´Orsay y mientras esperábamos para pagar la entrada, se largó a llover. Los dos nos tuvimos que resguardar abajo de su paraguas. Era un paraguas transparente y ella señaló con una sonrisa el recorrido de las gotas en el plástico. Estar en la calle abajo del mismo paraguas con una mujer mientras llueve torrencialmente es una fuerte experiencia de intimidad pública. La nuestra no fue la excepción.

La cola avanzaba lenta y estuvimos mirando el rinoceronte que estaba en la puerta del museo durante un buen rato. Después entramos y subimos porque los impresionistas estaban en los pisos altos. Ella habló más que de costumbre, y hasta intentó ser un poco más simpática. Yo lo único que quería era salir y volver a hacer la cola abajo de la lluvia otra vez.

La bailarina alemana

Por Juan Terranova


La primera vez que fui al Musée D´Orsay me llevó una bailarina alemana. Ella pensaba que yo hablaba en portugués, o algo así. Un día me llamó y me dijo que tenía el día libre y quería ir a ver una muestra muy importante de pintores impresionistas que se exhibía en el Orsay. Su maestra se la había recomendado enfáticamente. Yo estaba enamorado.

Creo me gustaba porque una parte muy importante de ella todavía vivía en el siglo XIX. Yo siempre fui muy siglo XX. Incluso lo soy en este momento, en este principio terriblemente XXI. Ensayaba todos los días, por la mañana y hasta las tres de la tarde. Descansaba los domingos. Era muy disciplinada, incluso marcial. Leía poco y casi siempre poesía. Se vestía con una elegancia admirable y tenía un respeto obligado por las artes. Cuando alguien decía algo que no le gustaba –por ejemplo, que la música electroacústica era aburrida- levantaba las cejas y cerraba los ojos.

Así que ese día fuimos al Musée D´Orsay y mientras esperábamos para pagar la entrada, se largó a llover. Los dos nos tuvimos que resguardar abajo de su paraguas. Era un paraguas transparente y ella señaló con una sonrisa el recorrido de las gotas en el plástico. Estar en la calle abajo del mismo paraguas con una mujer mientras llueve torrencialmente es una fuerte experiencia de intimidad pública. La nuestra no fue la excepción.

La cola avanzaba lenta y estuvimos mirando el rinoceronte que estaba en la puerta del museo durante un buen rato. Después entramos y subimos porque los impresionistas estaban en los pisos altos. Ella habló más que de costumbre, y hasta intentó ser un poco más simpática. Yo lo único que quería era salir y volver a hacer la cola abajo de la lluvia otra vez.