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martes, 9 de octubre de 2007

La caída (nouvelle inédita, fragmentos, 5)

por Alejandro Parisi

(viene de acá)


A mitad de camino, Fabián le pide que detenga el auto a un costado de la ruta. El perro duerme profundamente. La noche es fría y húmeda. Sobre el campo se extiende una bruma blanquecina. Fabián baja del auto y abre una puerta trasera para que el perro baje y los deje tranquilos durante un rato.

¿Llegamos?, pregunta Daisy.

No, pero necesitaba hacer una escala técnica, dice él volviendo a ocupar su lugar junto a ella.

Entonces Daisy enciende la radio y comienza a quitarse la ropa sin que él necesite agregar nada.

martes, 18 de septiembre de 2007

La caída (nouvelle inédita, fragmentos, 4)

por Alejandro Parisi

(viene de acá)

Después de comprar fichas por otros mil pesos, caminan abrazados hasta la mesa de la ruleta. Daisy apuesta al azar, sin ninguna estrategia más que la de apostarle a cualquier número que se le venga a la cabeza. Pierden los primeros trescientos pesos entre carcajadas, besos y caricias. Daisy retira las fichas directamente de los bolsillos de Fabián, demorándose en todo lo que encuentra allí abajo. Fabián le pellizca el culo, le acaricia la cintura y hasta se atreve a deslizar su mano por debajo de la minifalda para juguetear con una bombacha breve humedecida de sudor.
De pronto Daisy comienza a ganar hasta juntar tres mil pesos, y cada vez que acierta el número que sale en la ruleta festeja alzando los brazos y frotando sus caderas contra Fabián. Entonces él vuelve a besarla y le murmura cosas al oído.
Más tarde se dirigen al restaurante y comen una parrillada para dos con dos botellas del vino tinto más caro que ofrece la carta. Aunque la robustez de su cuerpo indique todo lo contrario, Daisy come como si no lo hiciera desde años. Le cuenta que tiene veintidós, que vive con sus padres en Saladillo, que tiene varios hermanos… Y varias cosas más que a Fabián le importan poco y nada. Él la escucha con la mirada perdida en sus tetas, y cuando ella acaba el postre (un flan industrial, mixto y enorme) él paga la cuenta y al fin salen a la calle.
Se tambalean por el estacionamiento, y durante algunos minutos Fabián se empecina en encontrar el BMW que perdió hace días.
Qué boludo, se ríe después, ahora tengo un auto que me prestaron.
Daisy también se ríe, feliz por haber ganado tanto dinero, y el frío de la noche remarca aún más los pezones que se elevan sobre el top negro. Apoyados sobre un auto cualquiera, se besan y se tocan con violencia. Él le muerde el cuello, los hombros; ella mueve las manos como si fuera una experta. Después de un rato, cuando Fabián está a punto de bajarse los pantalones, Daisy le recuerda que están en la calle y pide que vayan a otro sitio.
Entonces Fabián comienza a buscar el Fiat Uno con la vista nublada por el deseo y el alcohol. Cuando encuentra el auto, abre la puerta y lo reciben los ladridos de un perro negro. Fabián grita con miedo y se aleja unos metros hasta que recuerda que el perro es suyo y no tiene por qué asustarse. Daisy está orinando detrás del auto, con la minifalda a la altura de los tobillos. Al verla, él se acerca y otra vez comienza a besarla y a palpar su cuerpo como si quisiera aprenderlo de memoria.
Ya en el auto, Daisy acaricia al perro al tiempo que dice:
Qué lindo que es. ¿Cómo se llama?
Fabián.
¿Tiene estéreo el auto?
No, pero tengo radio.
Ella toma la radio, la enciende y busca una emisora que pasa cumbia. Baila en el asiento haciendo que los ojos de Fabián se entornen aún más para seguir todos sus movimientos. Parece feliz o enloquecida; en cualquier caso él está orgulloso de tenerla a su lado, dispuesta a todo lo que él le proponga. Continúan besándose, tocándose, y sólo se detienen cuando un hombre vestido con el uniforme de una empresa de seguridad les pide que se vayan. Furioso, Fabián intenta decirle algo pero el otro no puede oírlo porque los vidrios están cerrados. “Hijo de puta”, piensa Fabián, pero de pronto se da cuenta de que está demasiado borracho como para pelearse con nadie. Así que apaga la radio, abre la puerta y le entrega un billete de cincuenta pesos al tipo.
Disculpe, dice el hombre tocándose la gorra, y se aleja del auto.
¿Vos lo arreglás todo con plata?, pregunta Daisy.
Todo se arregla con plata, contesta él, y comienza a sacar algunos de los pocos billetes que le quedan para metérselos a ella entre las tetas mientras la besa y el otro Fabián ladra en el asiento trasero.
Lugo enciende el auto y sale del estacionamiento a toda velocidad, lanzándose a la ruta. Conduce en zigzag, como si no pudiera controlar el volante. Al fin, asustada, Daisy se ofrece para conducir y Fabián acepta sin oponer resistencia.

viernes, 14 de septiembre de 2007

La caída (nouvelle inédita, fragmentos, 3)

por Alejandro Parisi

(viene de acá)

En la entrada del casino de General Navarro hay una fila de personas esperando su turno frente a un cajero automático. Todos están vestidos con el mal gusto típico del que sólo tiene un traje e inexplicablemente se siente orgulloso de llevarlo: las rayas de los pantalones beige, grises, negros bien planchadas; las camisas almidonadas… Pero los zapatos embarrados no pueden ocultar la miseria del campo. Por un momento, Fabián siente un profundo cariño por aquellos seres desvalidos que se quitaron las bombachas y las remeras agujereadas para olvidarse por un rato del lugar que ocupan (y ocuparán) en el mundo que les rodea.

En la caja de venta de fichas lo recibe un gordo descomunal, que parece estar a punto de ahogarse por culpa del moño que le rodea un cuello tan ancho como los muslos de sus piernas. La frente cubierta de sudor, unos bigotes espesos y negros y unos ojos enrojecidos por el vino que debe haber bebido en el almuerzo. Feliz, Fabián compra fichas por el valor de dos mil pesos y le deja una propina generosa al pobre gordo, que le sonríe con los pocos dientes manchados de sarro que aún le quedan en la boca.

El interior del Casino de Saladillo parece el cruce exacto entre el Circo Rodas y un decorado de Las Vegas. Hasta el Casino de Mar del Plata es mejor que este de paredes color pastel y alfombras raídas por los pasos de generaciones enteras de ludópatas rurales.

Al entrar a la sala de las máquinas tragamonedas, ve pasar camareras de dudosa belleza que recorren la sala llevando bandejas con vasos, copas y botellas. En las máquinas hay mujeres de todos los tipos menos de los que valen la pena ser vistos. El sonido de la sala es ruidoso, metálico, agobiante.

Antes de dirigirse a la sala de juego, se acerca a una barra de bebidas.

¿Qué whisky tenés?, le pregunta al esquelético barman.

Blenders, Old Smuggler, Criadores, Iram Premium..., recita el barman pendiente de las camareras que cruzan el salón.

Decime los importados.

Johnny Walker y Chiva’s.

Servime un Johnny Walker black label doble, sin hielo.

Paga los treinta pesos que cuesta el trago y deja una propina de diez. El barman se lo agradece con unos ojos desorbitados, que parecen decir: “Soy su esclavo para lo que quiera”.

Con un vaso en la mano y los bolsillos saturados de fichas de dos pesos y los billetes que le quedan, Fabián se aleja en dirección a la sala de juegos. Tiene la sensación de estar deslizándose por las alfombras, y no es por ansiedad, sino por la seguridad de saberse en un ecosistema que le es mucho más natural que cualquier casa de campo: whisky importado, mujeres que lo observan y le sonríen, crupiers obsecuentes con chalecos morados que esperan su apuesta al borde de las mesas.

Al pasar junto a la mesa de la ruleta, repara en una morochita joven y petisa, algo pasada de kilos y bastante falta de ropas; tiene un par de piernas fuertes, envueltas por una minifalda negra inflada por un culo enorme, y un top escotado, partido en dos por la hendidura profunda que separa dos tetas desproporcionadas en relación al torso infantil que las sostienen. Fabián le guiña un ojo y recoge una sonrisa pícara que termina de levantarle el ánimo.

En el ambiente flota un murmullo parecido al de un shopping, pero en lugar de conversaciones sólo se oyen monólogos de jugadores reflexivos, que algunas veces gritan de alegría, otras se alientan a sí mismos o bien se lamentan por la mala suerte que les hace perder fichas y más fichas.

Aunque en la sala hay menos de quince mesas de juego, demora un rato en encontrar la de Holdem. Porque para él ese tipo de poker es el único juego que vale la pena: ahí es donde uno puede hacer valer todos sus instintos, enfrentándose a los demás jugadores y no a la banca. Y sin límite de apuestas. Para jugar al Holdem hay que tener una habilidad innata, la de saber leer el juego de la mesa y prestar más atención a las estrategias ajenas que a las cartas de uno. “Como en los negocios”, piensa Fabián.

Así que se acoda en la mesa, saluda a los demás jugadores y al crupier y bebe un trago de whisky mientras espera que se acabe la mano que está en juego. El jugador que está a su derecha, un tipo robusto y musculoso de unos sesenta años, con el cabello teñido de negro y unas patillas pasadas de moda, realiza la primera apuesta antes de ver sus cartas. Un gesto de vanidad que Fabián condena alzando las cejas. “Debe ser de esos tipos que no soportan que le doblen la apuesta más allá de sus posibilidades de juego”, piensa, “un impulsivo que puede llegar a perder un dineral en una sola noche”.

El que está a su izquierda, en cambio, no puede dejar de cambiar de sitio las cartas que tiene en la mano. Duda una eternidad antes de concretar cada jugada, y aunque en la sala la temperatura está templada por el aire acondicionado, tiene la frente cubierta de sudor. “Un inseguro”, piensa Fabián.

La tercera, una mujer maquillada como para participar en un concurso de payasos, tiene el cabello rizado y de color caoba cayéndole sobre los hombros salpicados por miles de pecas. Antes de apoyar sus cartas siempre dice alguna estupidez, que los demás festejan con una sonrisa de compromiso.

Al fin la mano acaba con victoria del tímido. El crupier le acerca las fichas y, con educación y un temor innato, el tipo se despide llevándose su dinero.

Hijo de puta, qué culo que tuvo, dice el vanidoso, viendo alejarse a su verdugo.

¿Juega?, le pregunta el crupier a Fabián con indiferencia.

Sólo si el señor promete no enojarse en caso de que le gane, dice Fabián, sonriéndole al vanidoso.

Juegue, pero prometa que no se va ir después de ganar la primera mano como ese hijo de puta.

Mientras tanto, la mujer aprovecha el tiempo muerto para retocarse la boca con una enésima capa de lápiz labial.

El vanidoso gana la primera mano antes de que Fabián logre acabar el whisky. Como siempre, él se limita a emparejar las apuestas de sus contrincantes y dejarse perder para que los demás ganen confianza y se fíen de cara al futuro.

La segunda mano la gana la mujer, y Fabián la felicita con un gesto imperceptible que a ella la ruboriza y la obliga a acomodarse el cabello como si fuera una adolescente coqueta recibiendo un piropo en su primera cita. Se acerca una camarera, Fabián pide otro Johnny Walker doble sin hielo y le invita tragos a todos los de la mesa.

No puedo beber mientras trabajo, se excusa el crupier, algo desilusionado.

La mujer pide un gin tonic, el vanidoso una ginebra con hielo.

Fabián gana la tercera mano con un poker de nueves, y dado que el vanidoso tenía un poker de cincos (lo suficiente como para animarlo a apostar cualquier cosa), el pozo es bastante abultado. El vanidoso le sonríe con malicia, diciendo:

Esto es por las bebidas.

Gracias, si quiere otra pídala que creo que me alcanza.

La mujer suelta una carcajada que pronuncia aún más las arrugas de su rostro. En ese momento llegan las bebidas. El segundo whisky a Fabián le resulta más sabroso que todos los que tomó en su vida. Se siente ligero, feliz y agradecido, como si todos los que están en el casino estuvieran ahí sólo para que él pase un buen rato.

Su buena suerte la acompaña durante las siguientes manos, y en poco más de una hora llega a doblar el dinero que tenía al principio. Después siente el roce de un brazo, y al girarse descubre a la morocha que antes estaba en la ruleta y ahora está mirándolo directamente a los ojos con un descaro insolente que lo excita.

Más pendiente del roce de su pierna con el culo de la morocha que de las cartas, pierde las seis manos siguientes mientras se toma otro par de whiskys. Poco a poco, comienza a intercambiar frases cada vez más largas con la morocha. Al fin, cuando se queda sin fichas, la invita a beber algo en la barra. Se despide de los jugadores y del crupier, que parece no entender que a Fabián le importe tan poco haber perdido tantas fichas. “Si supiera la guita que perdí y gané en mi vida”, piensa Fabián pasando un brazo por los hombros de la morocha.

¿Cómo podés tener buen humor si perdiste tanta guita?

La guita va y viene. ¿Cómo te llamás?

Daisy.

Daisy… Como la novia del Pato Donald.

Ella se ríe y sus tetas se balancean al ritmo de la carcajada. El barman los mira con desgano, y con desgano sirve un whisky doble sin hielo para él y un vodka con naranja para ella. Brindan en silencio. Daisy se muerde el labio inferior y Fabián puede sentir una erección clamando desde el centro de su cuerpo. Entonces la atrae hacia él y, al no sentir resistencia, vuelve a alejarla como si quisiera extender ese gran momento que antecede al primer beso.

Venís seguido por acá, ¿no?

Bastante, dice ella y bebe un largo trago sin por eso dejar de mirarlo a los ojos.

A la segunda copa, a Fabián ya no le interesa postergar eso que tanto ansía: la besa y se sorprende de que ella lo corresponda con la misma avidez. Más sereno, ahora también se permite acariciarle los hombros y frotar su pierna contra la minifalda que envuelve un cuerpo que ahora le parece perfecto.

¿Te gusta la ruleta?, le pregunta mordiéndole el lóbulo de la oreja izquierda.

Sí, pero a mí también se me acabaron las fichas.

Por eso no te preocupes, tengo guita como para que sigas perdiendo toda esta noche y las noches que vos quieras.

A veces gano, dice ella, con la confianza suficiente como para llamar al barman y pedirle otro vodka con naranja.

jueves, 13 de septiembre de 2007

La caída (nouvelle inédita, fragmentos, y 2)

por Alejandro Parisi

(viene de acá)

Antes de que baje de la camioneta, se abre la puerta de la casa y Daniela sale a recibirlo cubriéndose con un paraguas rojo.

Fabián mira hacia uno y otro lado, como si temiera enfrentarse con esa mujer que grita:

¿Después de dos años te acordás que tenés hijas?

Quiero verlas, dice Fabián al bajarse.

Sos un hijo de puta, dice Daniela. Vinieron a buscarte dos tipos, me hicieron preguntas como si yo supiera dónde mierda estabas…

¿Puedo entrar?

Daniela suspira, como si no pudiera contener la rabia, y luego:

Diez minutos. Después te vas.

A pesar de todo, Fabián se acerca para besarle una mejilla. Ella acepta el saludo.

La puerta da a un living inmenso, decorado con buen gusto, con muebles oscuros, paredes mostaza y unos sillones negros de cuero. De pie allí, Fabián se lleva una mano al rostro; se acomoda el flequillo, se rasca la barba y desprende uno de los botones de su camisa. Tiene calor, y recuerda que Daniela sólo puede soportar el invierno con la calefacción al máximo.

Cruzada de brazos, ella lo examina con minuciosidad.

Estás gordo. ¿Y esa barba?, pregunta.

¿Las nenas?

Arriba. ¿Sabés lo que me costó hacer que dejaran de preguntar por vos? Y ahora venís acá y te plantás como… como… ¿Qué hiciste? ¿Por qué te están buscando?

Daniela no puede ni quiere esconder su nerviosismo, su indignación. Se acerca a la mesa, toma un paquete de cigarrillos y enciende uno. Suelta el humo con violencia. Sorprendido, Fabián le pregunta:

¿Desde cuándo fumás?

¿Qué te importa?

El tabaco hace mal.

Hay tantas cosas que hacen mal... Vos, por ejemplo, dice ella. Luego, se asoma a la escalera y grita: Loli, SofiBajen.

Se escuchan pasos, provenientes del primer piso. Luego, Loli baja los escalones de dos en dos.

Cuidado, te vas a caer, dice Daniela.

Pero la niña no la escucha y continúa corriendo para echarse a los brazos de su padre. Fabián la besa, le acaricia el cabello, le tira de las dos colitas atadas con cintas blancas y la abraza con fuerza. Al levantar la vista, detrás de Loli descubre a una versión adolescente de Daniela mirándolo con el mismo gesto de furia de su madre. “¿Puede haber crecido tanto en dos años?”, piensa Fabián con un nudo en la garganta.

¿Sofi? Sofía…, dice Fabián.

¿Viste qué cambios?, dice Daniela alejándose hacia la cocina.

Sofía mantiene la distancia, y hasta parece estar enojada con su hermana pequeña porque no deja de abrazar a su padre. Fabián esperaba encontrarse con otra niña, no con un germen de mujer. Si hasta puede ver que, entre el cuello y los hombros, le asoman los tirantes de un corpiño. Al fin se acerca y la abraza. Ella lo deja hacer sin demostrar ninguna emoción; sólo rechazo.

Sofi…

Hola, dice Sofía, temblando entre los brazos de su padre.

Daniela regresa al living trayendo una bandeja con tazas de café. La apoya sobre la mesa y se vuelve para controlar que todo vaya bien entre Fabián y las nenas. En ese momento, Sofía se aleja de Fabián para ir junto a su madre, que le pasa un brazo sobre los hombros y le besa el cabello.

Loli, en cambio, corre otra vez para abrazar a Fabián. Él se inclina hacia ella, le dice algo al oído y la niña asiente moviendo la cabeza y las colitas de su cabello. Sofía cruza el living y enciende la televisión; en la rapidez de sus movimientos Fabián puede notar toda su incomodidad, su tristeza.

Loli, quedate con Sofi un momento, dice Daniela, y a continuación le hace una seña a Fabián. Los dos se dirigen a la cocina con una taza de café en la mano.

Sobre la mesada de mármol hay una torta de chocolate, a la que sólo le falta una porción. Todo está ordenado: los platos en el secador, un florero con margaritas sobre la mesa, las botellas de vino en la pequeña bodega que hay sobre la heladera y una fuente repleta de mandarinas, naranjas y pomelos.

Daniela se apoya contra la mesada, enciende otro cigarrillo y se alisa los pliegues de una camisa rayada que le remarca los pechos. Tiene el cabello lacio y castaño suelto sobre los hombros, y la piel tan rosada y tensa como cuando él la conoció, hace ya más de quince años. Negros, sus pantalones marcan una silueta más estilizada que lo que él recordaba.

¿Qué mirás?, dice ella soltando el humo.

Nada, se te ve bien.

No empieces.

No empiezo, te digo la verdad: estás linda, radiante.

Vos estás hecho mierda. Decime, ¿quién te dijo que la barba te queda bien?

Nadie. ¿Cómo están las nenas?

Preguntáselo a ellas.

Sofía no me habla, me mira como…

Como si no te viera desde hace dos años. ¿Qué querías? ¿Qué te abrazara y te agradeciera la visita? Fabián, seguís siendo tan egoísta como siempre.

Fabián respira hondo, bebe un sorbo de su café y se acoda en la mesada. El olor a torta recién horneada le recuerda otras épocas: Sofía jugando con sus muñecas, Loli gateando entre las patas de la silla... De pronto, se vuelve para mirar la cocina: todo impecable, todo reluciente, todo envuelto por un aire familiar que ya no le pertenece.

¿Me decís en qué andás?

La cagué, dice Fabián con una sinceridad que hasta a él mismo lo sorprende. Me metí en un negocio que salió mal. Me están buscando...

¿Y por qué todavía no te encontraron?

Gracias a Carmona.

¿Te está cuidando ese chanta? ¿Qué hiciste?

Tuve mala suerte.

¿Mala suerte? Si estás solo como un perro, si tus hijas te miran como a un extraño y te buscan los acreedores quizá no sea sólo por mala suerte, ¿no? Cuando algo te sale mal es mala suerte; pero cuando ganás es porque sos el genio de los negocios.

Por favor, no me ataques…

¿Que no te ataque? Me dejás, desaparecés dos años de la vida de tus hijas y ahora venís y me decís que no te ataque… ¿Quién te creés que sos?

Yo pienso en ellas. Les compré esta casa, te paso guita todos los meses…

Metete la guita en el culo. Tus hijas te quieren ver a vos. Y además empecé a trabajar, así que dentro de poco ya no vamos a necesitar tu guita.

¿Vos? ¿Trabajar?

Sí, y me va bien.

¿Y de qué trabajás?

Puse una inmobiliaria. Mi viejo me pasó varios clientes.

Tu viejo… ¿Cómo anda?

Acostado, con un respirador artificial. Tuvo un derrame.

No sabía…

¿Y cómo vas a saber, si hace dos años que no sos capaz de levantar el teléfono? Decime, ¿qué vas a hacer?

Mañana me voy del país.

¿Te vas? ¿A dónde?

Paraguay.

Daniela suelta una carcajada descalificadora.

Paraguay… Quién te ha visto y quién te ve, ¿no? Paraguay…

Es por un tiempo. Cuando esté más tranquilo las llamo, dice buscando en sus bolsillos el dinero. Después, con un gesto furtivo, lleno de vergüenza, se queda con un billete y le extiende el resto a su ex mujer, diciendo: Tomá, guardate esta guita.

¿Para qué? No la quiero. No la necesitamos.

En diciembre Sofía cumple quince años, ¿no? Por lo menos que tenga una fiesta decente.

¿Ves que no tenés ni idea? No quiere fiesta; quiere un viaje…, dice ella guardando el dinero en un cajón de la alacena.

Que haga lo que quiera. No sé cuando voy a volver, no sé cuando voy a poder verlas… Perdoname. Perdoname por todo lo que les hice.

No hace falta la escenita del arrepentido. Yo te conozco: no cambiás más. Andá, por lo menos quedate un rato con Loli, que todavía es chiquita y no se da cuenta de nada. Sofía está enojada…

Es igual a vos. Está hermosa, dice Fabián y se queda en silencio, pensando con una nostalgia que de pronto le quita el habla. Al fin, vuelve a meter una mano en el bolsillo y retira un juego de llaves: Tomá, son las llaves de mi casa.

¿Necesitás un agente inmobiliario?

No, no hace falta. Está a nombre de las nenas. Alquilala, vendela, hacé lo que quieras... La escritura está en el sótano; hay una caja fuerte detrás de una de las bodegas.

¿La clave?

Primero el día y mes del nacimiento de Sofi, después el de Loli.

Qué tierno… Me vas a hacer llorar, dice Daniela, burlándose.

Cuando regresan al living, Sofi y Loli están jugando a las cartas.

Me voy, dice Fabián con las últimas fuerzas que le quedan.

En la puerta de la casa, se despide de Sofía y de Loli, que ya no puede contener las lágrimas. Abrazada a las piernas de su padre, se resiste a dejarlo partir. Fabián la abraza, la besa, la acaricia. Pero no logra que deje de llorar. Daniela la alza en brazos, y Loli esconde la cara en el cuello de su madre.

Te avisé que se iba a poner así, le dice Daniela a Fabián.

Al fin, besa el cuello de Loli y le dice: Te quiero. Las quiero, y vuelve a besar a aquellas tres mujeres que lo despiden sumidas en un silencio atroz.

Cuando la camioneta se aleja, Fabián se asoma por la ventana, como si tratara de guardar esa imagen para el resto de sus días: la casa color mostaza, los árboles sacudidos por el viento y la lluvia, sus hijas a salvo en los brazos de su madre.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

La caída (nouvelle inédita, fragmentos, 1)

por Alejandro Parisi

La F100 se detiene frente a la barrera que bloquea el camino. Un hombre vestido con un piloto verde se acerca a la camioneta, protegiéndose de la lluvia con un paraguas negro.

Hola, vengo a la casa de la señora Singer, dice Fabián.

El hombre retira una carpeta de debajo de su piloto y demora algunos minutos consultando los nombres de los propietarios de las casas. Después, alza la vista y dice:

¿Está seguro de que ése es el apellido?

Daniela Singer, aclara Fabián, contrariado.

El hombre vuelve a consultar la carpeta.

No.

Fabián duda un momento, hasta que al fin dice:

¿Daniela Goldman?

Ahora sí, dice el hombre. Espere un minuto que le aviso que llegó. ¿Su nombre?

Fabián.

¿Fabián qué?

Fabián Singer.

Cuando el hombre regresa a la casilla, Fabián se queda en silencio, negando algo con la cabeza. El de seguridad regresa unos minutos más tarde.

Parece que la señora Goldman no lo esperaba.

Sí, ya sé. No pude avisarle que venía.

Hay un problema: la señora no quiere dejarlo pasar.

¿Cómo? ¿Me está jodiendo?

En ese momento suena una bocina. Al otro lado de la barrera, un todo terreno color negro enciende y apaga las luces para que la F100 se aparte del camino y le permita salir del country. El hombre del piloto le hace una seña al conductor, y luego se dirige a Fabián:

Buenas tardes. Ahora, si por favor puede despejar la salida…

Fabián quisiera sacar el revólver que tiene en la cintura, sólo para verle la cara desfigurada por el miedo.

Yo no me pienso ir. ¿Sabe quién pagó la casa de la señora Goldman?

No sé. Sólo le digo lo que me dijo ella. Si no me autoriza no puedo dejarlo pasar, dice el hombre. Y sin mirarlo, agrega: Por favor, libere el paso...

El conductor del todo terreno vuelve a tocar bocina. Fabián pone marcha atrás y se aparta de la entrada. La barrera se eleva y el otro vehículo se aleja por el camino de grava. Entonces Fabián se seca el sudor de las manos sobre los pantalones, baja de la camioneta y se dirige a la casilla.

¿Tiene teléfono acá?, le dice al hombre que le prohibió la entrada.

Sí, ¿qué quiere?, dice el hombre, incorporándose, mirando de soslayo a los otros dos hombres que están sentados junto a él.

Perdóneme. ¿Me permite hablar con la señora Goldman?

Los tres hombres se cruzan miradas. Al fin, uno parece reconocerlo.

Usted es el marido, ¿no? Antes no tenía barba.

Sí. Cómo le va, dice Fabián, estrechándole la mano como si fuera un amigo al que no ve hace tiempo. Mire, dígaselo a su compañero, que no me conoce. Debe haber un malentendido. Mi mujer suele hacer estas escenitas.

Espere, dice el hombre que le prohibió la entrada, marcando un número en el teléfono. Después, mirándolo a Fabián, habla con su ex mujer:

Disculpe, pero el señor Singer sigue acá. Sí, ya se lo dije… No, no. A ver, espere.

El hombre cubre el micrófono del teléfono, y luego se dirige a Fabián en voz baja:

Quiere hablar con usted.

Claro, claro, dice Fabián tomando el auricular del teléfono. Se aclara la voz y dice:

Daniela, tengo que ver a las nenas. No, sí, sí, diez minutos. Después me voy, quedate tranquila. Sí. Lo que vos digas.

Los tres hombres fingen estar ocupados, pero lo miran de reojo; uno de ellos, el que no habló, parece estar conteniendo la risa. Al fin, Fabián le entrega el teléfono al primero de ellos con cierto aire de triunfo. El hombre escucha a Daniela durante unos segundos y luego cuelga.

Puede pasar, dice.

“Hija de remilputa”, piensa Fabián al salir de la casilla.

Hija de remilputa, dice y abre la puerta de la F100.

Desde la casilla, uno de los hombres activa el mecanismo de la barrera, que se eleva para permitirles el paso.

(…)