por Alejandro Parisi
(viene de acá)
Después de comprar fichas por otros mil pesos, caminan abrazados hasta la mesa de la ruleta. Daisy apuesta al azar, sin ninguna estrategia más que la de apostarle a cualquier número que se le venga a la cabeza. Pierden los primeros trescientos pesos entre carcajadas, besos y caricias. Daisy retira las fichas directamente de los bolsillos de Fabián, demorándose en todo lo que encuentra allí abajo. Fabián le pellizca el culo, le acaricia la cintura y hasta se atreve a deslizar su mano por debajo de la minifalda para juguetear con una bombacha breve humedecida de sudor.
De pronto Daisy comienza a ganar hasta juntar tres mil pesos, y cada vez que acierta el número que sale en la ruleta festeja alzando los brazos y frotando sus caderas contra Fabián. Entonces él vuelve a besarla y le murmura cosas al oído.
Más tarde se dirigen al restaurante y comen una parrillada para dos con dos botellas del vino tinto más caro que ofrece la carta. Aunque la robustez de su cuerpo indique todo lo contrario, Daisy come como si no lo hiciera desde años. Le cuenta que tiene veintidós, que vive con sus padres en Saladillo, que tiene varios hermanos… Y varias cosas más que a Fabián le importan poco y nada. Él la escucha con la mirada perdida en sus tetas, y cuando ella acaba el postre (un flan industrial, mixto y enorme) él paga la cuenta y al fin salen a la calle.
Se tambalean por el estacionamiento, y durante algunos minutos Fabián se empecina en encontrar el BMW que perdió hace días.
Qué boludo, se ríe después, ahora tengo un auto que me prestaron.
Daisy también se ríe, feliz por haber ganado tanto dinero, y el frío de la noche remarca aún más los pezones que se elevan sobre el top negro. Apoyados sobre un auto cualquiera, se besan y se tocan con violencia. Él le muerde el cuello, los hombros; ella mueve las manos como si fuera una experta. Después de un rato, cuando Fabián está a punto de bajarse los pantalones, Daisy le recuerda que están en la calle y pide que vayan a otro sitio.
Entonces Fabián comienza a buscar el Fiat Uno con la vista nublada por el deseo y el alcohol. Cuando encuentra el auto, abre la puerta y lo reciben los ladridos de un perro negro. Fabián grita con miedo y se aleja unos metros hasta que recuerda que el perro es suyo y no tiene por qué asustarse. Daisy está orinando detrás del auto, con la minifalda a la altura de los tobillos. Al verla, él se acerca y otra vez comienza a besarla y a palpar su cuerpo como si quisiera aprenderlo de memoria.
Ya en el auto, Daisy acaricia al perro al tiempo que dice:
Qué lindo que es. ¿Cómo se llama?
Fabián.
¿Tiene estéreo el auto?
No, pero tengo radio.
Ella toma la radio, la enciende y busca una emisora que pasa cumbia. Baila en el asiento haciendo que los ojos de Fabián se entornen aún más para seguir todos sus movimientos. Parece feliz o enloquecida; en cualquier caso él está orgulloso de tenerla a su lado, dispuesta a todo lo que él le proponga. Continúan besándose, tocándose, y sólo se detienen cuando un hombre vestido con el uniforme de una empresa de seguridad les pide que se vayan. Furioso, Fabián intenta decirle algo pero el otro no puede oírlo porque los vidrios están cerrados. “Hijo de puta”, piensa Fabián, pero de pronto se da cuenta de que está demasiado borracho como para pelearse con nadie. Así que apaga la radio, abre la puerta y le entrega un billete de cincuenta pesos al tipo.
Disculpe, dice el hombre tocándose la gorra, y se aleja del auto.
¿Vos lo arreglás todo con plata?, pregunta Daisy.
Todo se arregla con plata, contesta él, y comienza a sacar algunos de los pocos billetes que le quedan para metérselos a ella entre las tetas mientras la besa y el otro Fabián ladra en el asiento trasero.
Lugo enciende el auto y sale del estacionamiento a toda velocidad, lanzándose a la ruta. Conduce en zigzag, como si no pudiera controlar el volante. Al fin, asustada, Daisy se ofrece para conducir y Fabián acepta sin oponer resistencia.
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martes, 18 de septiembre de 2007
La caída (nouvelle inédita, fragmentos, 4)
Etiquetas: Alejandro Parisi, La caída
lunes, 17 de septiembre de 2007
Mi última cita (4)
por el Libanés
(viene de acá)
4 – Selenita la cambiante
La respuesta de Selene no se hizo esperar: al día siguiente, en mi casilla de mails, bajo el asunto “Bricolage”, había un nuevo mensaje (con ganchito). Sus mensajes eran todo lo que esperaba por aquellos días, o mejor dicho casi todo, también esperaba encontrarme con ella antes del recital, aunque ahora ya estaba atrapado: si me encontraba antes y las cosas no funcionaban, el recital iba a ser insoportable; por otro lado, si al verla por primera vez en la entrada de Niceto, Buenas Tetas resultaba ser mi amigo Jesús de la primaria con la nariz torcida de tanto meterse cosas malas, el recital iba a ser insoportable. Para que Aristimuño sonara bien, Selene tenía que ser realmente Buenas Tetas, encontrarme con ella uno o dos días antes, coger dos o tres veces, darle un beso de amor y varios más de los otros, invitarla a tomar un café o una cerveza, decirle “te amo” en mi casa, “qué buenas tetas” en el taxi camino a mi casa, “mordería tu cuello hasta que saliera purpurina” en un bar cualquiera, mesa de por medio.
Su mail aclaraba lo simpático que le había resultado mi último mensaje (“me cayó muy bien”) y redoblaba la apuesta: “Y…una última cosa. Después de tanto mail, tanta mirada en duplicado y tanto hacer lo que tengo ganas sin dar vueltas, apareció Selenita la cambiante. De repente me parece que falta mucho para el recital, ¿no? Quizás podemos hacer que surja eso de vernos antes.” Pero lo que más recuerdo de aquel mail fue su lamento por tener que resignar los corpiños verdes y las tangas a lunares que su amiga y ella habían pensado arrojar al escenario. A la noche imaginé esos corpiños, recostado en la cama, con la cortina de la habitación golpeándose por el viento. Selene al fin tenía un color: verde, a lunares; y la piel bronceada, y unas caderas jugosas, de esas que sirven para pasar los inviernos y disfrutar la llegada de la primavera. A esa altura lo que menos me importaba era el adjunto y su ganchito: una imagen escaneada de las tres entradas con los nombres de cada uno escritos a mano en tres etiquetas superpuestas. Sí, en ese momento, pensé en la canción “Té para tres” de Cerati, y en los tres chanchitos, y sólo un poco en la posibilidad de hacer, como dice un amigo de mi madre, un menjunje atroz.
Ese sábado me levanté a las ocho de la mañana. No podía dormir. A eso de las nueve, un mensaje de texto en mi celular informaba que cierto libro en que tengo una humilde participación ya estaba en todas las librerías del país. Un libro de chanchadas. En el baño, mientras me lavaba los dientes, hablé con el escritor en el espejo, ese tipo serio que debate acerca de onanismo con su analista y lee cosas serias como por ejemplo “El erotismo” de Bataille, y se nutre a cada segundo, a cada minuto de esta vida, con lo más puro y sagrado de la alta literatura, y le dije, “macho, tu cuento está en las librerías ¿vamos?” Silencio de baño seguido por el ruido del inodoro. Vamos. Y en efecto, en la vidriera de la librería, el libro chancho lucía su tapa verde, como el corpiño de Selene. Reflejada en el cristal, la imagen fantasmagórica del escritor me decía “llamala, puto, que ahora sos un escritor famoso”. Así que busqué su número en mi celular, conté hasta cinco, y apreté el verde botón de la esperanza.
(continuará)
Etiquetas: Citas, El Libanés
viernes, 14 de septiembre de 2007
La caída (nouvelle inédita, fragmentos, 3)
por Alejandro Parisi
(viene de acá)
En la entrada del casino de General Navarro hay una fila de personas esperando su turno frente a un cajero automático. Todos están vestidos con el mal gusto típico del que sólo tiene un traje e inexplicablemente se siente orgulloso de llevarlo: las rayas de los pantalones beige, grises, negros bien planchadas; las camisas almidonadas… Pero los zapatos embarrados no pueden ocultar la miseria del campo. Por un momento, Fabián siente un profundo cariño por aquellos seres desvalidos que se quitaron las bombachas y las remeras agujereadas para olvidarse por un rato del lugar que ocupan (y ocuparán) en el mundo que les rodea.
En la caja de venta de fichas lo recibe un gordo descomunal, que parece estar a punto de ahogarse por culpa del moño que le rodea un cuello tan ancho como los muslos de sus piernas. La frente cubierta de sudor, unos bigotes espesos y negros y unos ojos enrojecidos por el vino que debe haber bebido en el almuerzo. Feliz, Fabián compra fichas por el valor de dos mil pesos y le deja una propina generosa al pobre gordo, que le sonríe con los pocos dientes manchados de sarro que aún le quedan en la boca.
El interior del Casino de Saladillo parece el cruce exacto entre el Circo Rodas y un decorado de Las Vegas. Hasta el Casino de Mar del Plata es mejor que este de paredes color pastel y alfombras raídas por los pasos de generaciones enteras de ludópatas rurales.
Al entrar a la sala de las máquinas tragamonedas, ve pasar camareras de dudosa belleza que recorren la sala llevando bandejas con vasos, copas y botellas. En las máquinas hay mujeres de todos los tipos menos de los que valen la pena ser vistos. El sonido de la sala es ruidoso, metálico, agobiante.
Antes de dirigirse a la sala de juego, se acerca a una barra de bebidas.
¿Qué whisky tenés?, le pregunta al esquelético barman.
Blenders, Old Smuggler, Criadores, Iram Premium..., recita el barman pendiente de las camareras que cruzan el salón.
Decime los importados.
Johnny Walker y Chiva’s.
Servime un Johnny Walker black label doble, sin hielo.
Paga los treinta pesos que cuesta el trago y deja una propina de diez. El barman se lo agradece con unos ojos desorbitados, que parecen decir: “Soy su esclavo para lo que quiera”.
Con un vaso en la mano y los bolsillos saturados de fichas de dos pesos y los billetes que le quedan, Fabián se aleja en dirección a la sala de juegos. Tiene la sensación de estar deslizándose por las alfombras, y no es por ansiedad, sino por la seguridad de saberse en un ecosistema que le es mucho más natural que cualquier casa de campo: whisky importado, mujeres que lo observan y le sonríen, crupiers obsecuentes con chalecos morados que esperan su apuesta al borde de las mesas.
Al pasar junto a la mesa de la ruleta, repara en una morochita joven y petisa, algo pasada de kilos y bastante falta de ropas; tiene un par de piernas fuertes, envueltas por una minifalda negra inflada por un culo enorme, y un top escotado, partido en dos por la hendidura profunda que separa dos tetas desproporcionadas en relación al torso infantil que las sostienen. Fabián le guiña un ojo y recoge una sonrisa pícara que termina de levantarle el ánimo.
En el ambiente flota un murmullo parecido al de un shopping, pero en lugar de conversaciones sólo se oyen monólogos de jugadores reflexivos, que algunas veces gritan de alegría, otras se alientan a sí mismos o bien se lamentan por la mala suerte que les hace perder fichas y más fichas.
Aunque en la sala hay menos de quince mesas de juego, demora un rato en encontrar la de Holdem. Porque para él ese tipo de poker es el único juego que vale la pena: ahí es donde uno puede hacer valer todos sus instintos, enfrentándose a los demás jugadores y no a la banca. Y sin límite de apuestas. Para jugar al Holdem hay que tener una habilidad innata, la de saber leer el juego de la mesa y prestar más atención a las estrategias ajenas que a las cartas de uno. “Como en los negocios”, piensa Fabián.
Así que se acoda en la mesa, saluda a los demás jugadores y al crupier y bebe un trago de whisky mientras espera que se acabe la mano que está en juego. El jugador que está a su derecha, un tipo robusto y musculoso de unos sesenta años, con el cabello teñido de negro y unas patillas pasadas de moda, realiza la primera apuesta antes de ver sus cartas. Un gesto de vanidad que Fabián condena alzando las cejas. “Debe ser de esos tipos que no soportan que le doblen la apuesta más allá de sus posibilidades de juego”, piensa, “un impulsivo que puede llegar a perder un dineral en una sola noche”.
El que está a su izquierda, en cambio, no puede dejar de cambiar de sitio las cartas que tiene en la mano. Duda una eternidad antes de concretar cada jugada, y aunque en la sala la temperatura está templada por el aire acondicionado, tiene la frente cubierta de sudor. “Un inseguro”, piensa Fabián.
La tercera, una mujer maquillada como para participar en un concurso de payasos, tiene el cabello rizado y de color caoba cayéndole sobre los hombros salpicados por miles de pecas. Antes de apoyar sus cartas siempre dice alguna estupidez, que los demás festejan con una sonrisa de compromiso.
Al fin la mano acaba con victoria del tímido. El crupier le acerca las fichas y, con educación y un temor innato, el tipo se despide llevándose su dinero.
Hijo de puta, qué culo que tuvo, dice el vanidoso, viendo alejarse a su verdugo.
¿Juega?, le pregunta el crupier a Fabián con indiferencia.
Sólo si el señor promete no enojarse en caso de que le gane, dice Fabián, sonriéndole al vanidoso.
Juegue, pero prometa que no se va ir después de ganar la primera mano como ese hijo de puta.
Mientras tanto, la mujer aprovecha el tiempo muerto para retocarse la boca con una enésima capa de lápiz labial.
El vanidoso gana la primera mano antes de que Fabián logre acabar el whisky. Como siempre, él se limita a emparejar las apuestas de sus contrincantes y dejarse perder para que los demás ganen confianza y se fíen de cara al futuro.
La segunda mano la gana la mujer, y Fabián la felicita con un gesto imperceptible que a ella la ruboriza y la obliga a acomodarse el cabello como si fuera una adolescente coqueta recibiendo un piropo en su primera cita. Se acerca una camarera, Fabián pide otro Johnny Walker doble sin hielo y le invita tragos a todos los de la mesa.
No puedo beber mientras trabajo, se excusa el crupier, algo desilusionado.
La mujer pide un gin tonic, el vanidoso una ginebra con hielo.
Fabián gana la tercera mano con un poker de nueves, y dado que el vanidoso tenía un poker de cincos (lo suficiente como para animarlo a apostar cualquier cosa), el pozo es bastante abultado. El vanidoso le sonríe con malicia, diciendo:
Esto es por las bebidas.
Gracias, si quiere otra pídala que creo que me alcanza.
La mujer suelta una carcajada que pronuncia aún más las arrugas de su rostro. En ese momento llegan las bebidas. El segundo whisky a Fabián le resulta más sabroso que todos los que tomó en su vida. Se siente ligero, feliz y agradecido, como si todos los que están en el casino estuvieran ahí sólo para que él pase un buen rato.
Su buena suerte la acompaña durante las siguientes manos, y en poco más de una hora llega a doblar el dinero que tenía al principio. Después siente el roce de un brazo, y al girarse descubre a la morocha que antes estaba en la ruleta y ahora está mirándolo directamente a los ojos con un descaro insolente que lo excita.
Más pendiente del roce de su pierna con el culo de la morocha que de las cartas, pierde las seis manos siguientes mientras se toma otro par de whiskys. Poco a poco, comienza a intercambiar frases cada vez más largas con la morocha. Al fin, cuando se queda sin fichas, la invita a beber algo en la barra. Se despide de los jugadores y del crupier, que parece no entender que a Fabián le importe tan poco haber perdido tantas fichas. “Si supiera la guita que perdí y gané en mi vida”, piensa Fabián pasando un brazo por los hombros de la morocha.
¿Cómo podés tener buen humor si perdiste tanta guita?
La guita va y viene. ¿Cómo te llamás?
Daisy.
Daisy… Como la novia del Pato Donald.
Ella se ríe y sus tetas se balancean al ritmo de la carcajada. El barman los mira con desgano, y con desgano sirve un whisky doble sin hielo para él y un vodka con naranja para ella. Brindan en silencio. Daisy se muerde el labio inferior y Fabián puede sentir una erección clamando desde el centro de su cuerpo. Entonces la atrae hacia él y, al no sentir resistencia, vuelve a alejarla como si quisiera extender ese gran momento que antecede al primer beso.
Venís seguido por acá, ¿no?
Bastante, dice ella y bebe un largo trago sin por eso dejar de mirarlo a los ojos.
A la segunda copa, a Fabián ya no le interesa postergar eso que tanto ansía: la besa y se sorprende de que ella lo corresponda con la misma avidez. Más sereno, ahora también se permite acariciarle los hombros y frotar su pierna contra la minifalda que envuelve un cuerpo que ahora le parece perfecto.
¿Te gusta la ruleta?, le pregunta mordiéndole el lóbulo de la oreja izquierda.
Sí, pero a mí también se me acabaron las fichas.
Por eso no te preocupes, tengo guita como para que sigas perdiendo toda esta noche y las noches que vos quieras.
A veces gano, dice ella, con la confianza suficiente como para llamar al barman y pedirle otro vodka con naranja.
Etiquetas: Alejandro Parisi, La caída
jueves, 13 de septiembre de 2007
Blog Poetry?

Soy como muchos
nada del otro mundo
trabado enroscado arquetípico
trato de fluir como los peces
pero me enrendo en los enjambres de la urbe
ego ambivalente
pupilas de menta
deseo de aguaviva
pero en los días buenos
con viento a favor
y mucho gel en la melena
me conecto con mi relleno
de masapán
y ando bastante bien
en los días buenos
soy un bombón ciclotímico
un asteroide de esperma radioactiva
fuera de mi órbita natal
pero fuera de los cuatro cuartos menguantes
que hay al mes
soy garrapiñada vencida
residuo de menstruación de maestra de primaria
un agrio tubbie seis
un chino que nunca pudo aprender español ni inglés
y nunca se fue de villa urquiza
nunca pude superar la no-circuncisión
no poder ser actor ni cantante
y no haber ido al nacional buenos aires
cuando hablo a veces me preguntan
de dónde soy
el otro día fui al teatro
a ver el amor es un francotirador
y a enamorarme de lola arias
llegué temprano encendí un cigarrillo
me crucé con el actor que hace de boxeador
y lo felicité por algo de ruido hace
qué copado tu acento, me dijo
¿sos español?
no, tartamudo
Etiquetas: Lenguaviperina, Poemas
La caída (nouvelle inédita, fragmentos, y 2)
por Alejandro Parisi
(viene de acá)
Antes de que baje de la camioneta, se abre la puerta de la casa y Daniela sale a recibirlo cubriéndose con un paraguas rojo.
Fabián mira hacia uno y otro lado, como si temiera enfrentarse con esa mujer que grita:
¿Después de dos años te acordás que tenés hijas?
Quiero verlas, dice Fabián al bajarse.
Sos un hijo de puta, dice Daniela. Vinieron a buscarte dos tipos, me hicieron preguntas como si yo supiera dónde mierda estabas…
¿Puedo entrar?
Daniela suspira, como si no pudiera contener la rabia, y luego:
Diez minutos. Después te vas.
A pesar de todo, Fabián se acerca para besarle una mejilla. Ella acepta el saludo.
La puerta da a un living inmenso, decorado con buen gusto, con muebles oscuros, paredes mostaza y unos sillones negros de cuero. De pie allí, Fabián se lleva una mano al rostro; se acomoda el flequillo, se rasca la barba y desprende uno de los botones de su camisa. Tiene calor, y recuerda que Daniela sólo puede soportar el invierno con la calefacción al máximo.
Cruzada de brazos, ella lo examina con minuciosidad.
Estás gordo. ¿Y esa barba?, pregunta.
¿Las nenas?
Arriba. ¿Sabés lo que me costó hacer que dejaran de preguntar por vos? Y ahora venís acá y te plantás como… como… ¿Qué hiciste? ¿Por qué te están buscando?
Daniela no puede ni quiere esconder su nerviosismo, su indignación. Se acerca a la mesa, toma un paquete de cigarrillos y enciende uno. Suelta el humo con violencia. Sorprendido, Fabián le pregunta:
¿Desde cuándo fumás?
¿Qué te importa?
El tabaco hace mal.
Hay tantas cosas que hacen mal... Vos, por ejemplo, dice ella. Luego, se asoma a la escalera y grita: Loli, Sofi… Bajen.
Se escuchan pasos, provenientes del primer piso. Luego, Loli baja los escalones de dos en dos.
Cuidado, te vas a caer, dice Daniela.
Pero la niña no la escucha y continúa corriendo para echarse a los brazos de su padre. Fabián la besa, le acaricia el cabello, le tira de las dos colitas atadas con cintas blancas y la abraza con fuerza. Al levantar la vista, detrás de Loli descubre a una versión adolescente de Daniela mirándolo con el mismo gesto de furia de su madre. “¿Puede haber crecido tanto en dos años?”, piensa Fabián con un nudo en la garganta.
¿Sofi? Sofía…, dice Fabián.
¿Viste qué cambios?, dice Daniela alejándose hacia la cocina.
Sofía mantiene la distancia, y hasta parece estar enojada con su hermana pequeña porque no deja de abrazar a su padre. Fabián esperaba encontrarse con otra niña, no con un germen de mujer. Si hasta puede ver que, entre el cuello y los hombros, le asoman los tirantes de un corpiño. Al fin se acerca y la abraza. Ella lo deja hacer sin demostrar ninguna emoción; sólo rechazo.
Sofi…
Hola, dice Sofía, temblando entre los brazos de su padre.
Daniela regresa al living trayendo una bandeja con tazas de café. La apoya sobre la mesa y se vuelve para controlar que todo vaya bien entre Fabián y las nenas. En ese momento, Sofía se aleja de Fabián para ir junto a su madre, que le pasa un brazo sobre los hombros y le besa el cabello.
Loli, en cambio, corre otra vez para abrazar a Fabián. Él se inclina hacia ella, le dice algo al oído y la niña asiente moviendo la cabeza y las colitas de su cabello. Sofía cruza el living y enciende la televisión; en la rapidez de sus movimientos Fabián puede notar toda su incomodidad, su tristeza.
Loli, quedate con Sofi un momento, dice Daniela, y a continuación le hace una seña a Fabián. Los dos se dirigen a la cocina con una taza de café en la mano.
Sobre la mesada de mármol hay una torta de chocolate, a la que sólo le falta una porción. Todo está ordenado: los platos en el secador, un florero con margaritas sobre la mesa, las botellas de vino en la pequeña bodega que hay sobre la heladera y una fuente repleta de mandarinas, naranjas y pomelos.
Daniela se apoya contra la mesada, enciende otro cigarrillo y se alisa los pliegues de una camisa rayada que le remarca los pechos. Tiene el cabello lacio y castaño suelto sobre los hombros, y la piel tan rosada y tensa como cuando él la conoció, hace ya más de quince años. Negros, sus pantalones marcan una silueta más estilizada que lo que él recordaba.
¿Qué mirás?, dice ella soltando el humo.
Nada, se te ve bien.
No empieces.
No empiezo, te digo la verdad: estás linda, radiante.
Vos estás hecho mierda. Decime, ¿quién te dijo que la barba te queda bien?
Nadie. ¿Cómo están las nenas?
Preguntáselo a ellas.
Sofía no me habla, me mira como…
Como si no te viera desde hace dos años. ¿Qué querías? ¿Qué te abrazara y te agradeciera la visita? Fabián, seguís siendo tan egoísta como siempre.
Fabián respira hondo, bebe un sorbo de su café y se acoda en la mesada. El olor a torta recién horneada le recuerda otras épocas: Sofía jugando con sus muñecas, Loli gateando entre las patas de la silla... De pronto, se vuelve para mirar la cocina: todo impecable, todo reluciente, todo envuelto por un aire familiar que ya no le pertenece.
¿Me decís en qué andás?
La cagué, dice Fabián con una sinceridad que hasta a él mismo lo sorprende. Me metí en un negocio que salió mal. Me están buscando...
¿Y por qué todavía no te encontraron?
Gracias a Carmona.
¿Te está cuidando ese chanta? ¿Qué hiciste?
Tuve mala suerte.
¿Mala suerte? Si estás solo como un perro, si tus hijas te miran como a un extraño y te buscan los acreedores quizá no sea sólo por mala suerte, ¿no? Cuando algo te sale mal es mala suerte; pero cuando ganás es porque sos el genio de los negocios.
Por favor, no me ataques…
¿Que no te ataque? Me dejás, desaparecés dos años de la vida de tus hijas y ahora venís y me decís que no te ataque… ¿Quién te creés que sos?
Yo pienso en ellas. Les compré esta casa, te paso guita todos los meses…
Metete la guita en el culo. Tus hijas te quieren ver a vos. Y además empecé a trabajar, así que dentro de poco ya no vamos a necesitar tu guita.
¿Vos? ¿Trabajar?
Sí, y me va bien.
¿Y de qué trabajás?
Puse una inmobiliaria. Mi viejo me pasó varios clientes.
Tu viejo… ¿Cómo anda?
Acostado, con un respirador artificial. Tuvo un derrame.
No sabía…
¿Y cómo vas a saber, si hace dos años que no sos capaz de levantar el teléfono? Decime, ¿qué vas a hacer?
Mañana me voy del país.
¿Te vas? ¿A dónde?
Paraguay.
Daniela suelta una carcajada descalificadora.
Paraguay… Quién te ha visto y quién te ve, ¿no? Paraguay…
Es por un tiempo. Cuando esté más tranquilo las llamo, dice buscando en sus bolsillos el dinero. Después, con un gesto furtivo, lleno de vergüenza, se queda con un billete y le extiende el resto a su ex mujer, diciendo: Tomá, guardate esta guita.
¿Para qué? No la quiero. No la necesitamos.
En diciembre Sofía cumple quince años, ¿no? Por lo menos que tenga una fiesta decente.
¿Ves que no tenés ni idea? No quiere fiesta; quiere un viaje…, dice ella guardando el dinero en un cajón de la alacena.
Que haga lo que quiera. No sé cuando voy a volver, no sé cuando voy a poder verlas… Perdoname. Perdoname por todo lo que les hice.
No hace falta la escenita del arrepentido. Yo te conozco: no cambiás más. Andá, por lo menos quedate un rato con Loli, que todavía es chiquita y no se da cuenta de nada. Sofía está enojada…
Es igual a vos. Está hermosa, dice Fabián y se queda en silencio, pensando con una nostalgia que de pronto le quita el habla. Al fin, vuelve a meter una mano en el bolsillo y retira un juego de llaves: Tomá, son las llaves de mi casa.
¿Necesitás un agente inmobiliario?
No, no hace falta. Está a nombre de las nenas. Alquilala, vendela, hacé lo que quieras... La escritura está en el sótano; hay una caja fuerte detrás de una de las bodegas.
¿La clave?
Primero el día y mes del nacimiento de Sofi, después el de Loli.
Qué tierno… Me vas a hacer llorar, dice Daniela, burlándose.
Cuando regresan al living, Sofi y Loli están jugando a las cartas.
Me voy, dice Fabián con las últimas fuerzas que le quedan.
En la puerta de la casa, se despide de Sofía y de Loli, que ya no puede contener las lágrimas. Abrazada a las piernas de su padre, se resiste a dejarlo partir. Fabián la abraza, la besa, la acaricia. Pero no logra que deje de llorar. Daniela la alza en brazos, y Loli esconde la cara en el cuello de su madre.
Te avisé que se iba a poner así, le dice Daniela a Fabián.
Al fin, besa el cuello de Loli y le dice: Te quiero. Las quiero, y vuelve a besar a aquellas tres mujeres que lo despiden sumidas en un silencio atroz.
Cuando la camioneta se aleja, Fabián se asoma por la ventana, como si tratara de guardar esa imagen para el resto de sus días: la casa color mostaza, los árboles sacudidos por el viento y la lluvia, sus hijas a salvo en los brazos de su madre.
Etiquetas: Alejandro Parisi, La caída
miércoles, 12 de septiembre de 2007
La caída (nouvelle inédita, fragmentos, 1)
por Alejandro Parisi
La F100 se detiene frente a la barrera que bloquea el camino. Un hombre vestido con un piloto verde se acerca a la camioneta, protegiéndose de la lluvia con un paraguas negro.
Hola, vengo a la casa de la señora Singer, dice Fabián.
El hombre retira una carpeta de debajo de su piloto y demora algunos minutos consultando los nombres de los propietarios de las casas. Después, alza la vista y dice:
¿Está seguro de que ése es el apellido?
Daniela Singer, aclara Fabián, contrariado.
El hombre vuelve a consultar la carpeta.
No.
Fabián duda un momento, hasta que al fin dice:
¿Daniela Goldman?
Ahora sí, dice el hombre. Espere un minuto que le aviso que llegó. ¿Su nombre?
Fabián.
¿Fabián qué?
Fabián Singer.
Cuando el hombre regresa a la casilla, Fabián se queda en silencio, negando algo con la cabeza. El de seguridad regresa unos minutos más tarde.
Parece que la señora Goldman no lo esperaba.
Sí, ya sé. No pude avisarle que venía.
Hay un problema: la señora no quiere dejarlo pasar.
¿Cómo? ¿Me está jodiendo?
En ese momento suena una bocina. Al otro lado de la barrera, un todo terreno color negro enciende y apaga las luces para que la F100 se aparte del camino y le permita salir del country. El hombre del piloto le hace una seña al conductor, y luego se dirige a Fabián:
Buenas tardes. Ahora, si por favor puede despejar la salida…
Fabián quisiera sacar el revólver que tiene en la cintura, sólo para verle la cara desfigurada por el miedo.
Yo no me pienso ir. ¿Sabe quién pagó la casa de la señora Goldman?
No sé. Sólo le digo lo que me dijo ella. Si no me autoriza no puedo dejarlo pasar, dice el hombre. Y sin mirarlo, agrega: Por favor, libere el paso...
El conductor del todo terreno vuelve a tocar bocina. Fabián pone marcha atrás y se aparta de la entrada. La barrera se eleva y el otro vehículo se aleja por el camino de grava. Entonces Fabián se seca el sudor de las manos sobre los pantalones, baja de la camioneta y se dirige a la casilla.
¿Tiene teléfono acá?, le dice al hombre que le prohibió la entrada.
Sí, ¿qué quiere?, dice el hombre, incorporándose, mirando de soslayo a los otros dos hombres que están sentados junto a él.
Perdóneme. ¿Me permite hablar con la señora Goldman?
Los tres hombres se cruzan miradas. Al fin, uno parece reconocerlo.
Usted es el marido, ¿no? Antes no tenía barba.
Sí. Cómo le va, dice Fabián, estrechándole la mano como si fuera un amigo al que no ve hace tiempo. Mire, dígaselo a su compañero, que no me conoce. Debe haber un malentendido. Mi mujer suele hacer estas escenitas.
Espere, dice el hombre que le prohibió la entrada, marcando un número en el teléfono. Después, mirándolo a Fabián, habla con su ex mujer:
Disculpe, pero el señor Singer sigue acá. Sí, ya se lo dije… No, no. A ver, espere.
El hombre cubre el micrófono del teléfono, y luego se dirige a Fabián en voz baja:
Quiere hablar con usted.
Claro, claro, dice Fabián tomando el auricular del teléfono. Se aclara la voz y dice:
Daniela, tengo que ver a las nenas. No, sí, sí, diez minutos. Después me voy, quedate tranquila. Sí. Lo que vos digas.
Los tres hombres fingen estar ocupados, pero lo miran de reojo; uno de ellos, el que no habló, parece estar conteniendo la risa. Al fin, Fabián le entrega el teléfono al primero de ellos con cierto aire de triunfo. El hombre escucha a Daniela durante unos segundos y luego cuelga.
Puede pasar, dice.
“Hija de remilputa”, piensa Fabián al salir de la casilla.
Hija de remilputa, dice y abre la puerta de la F100.
Desde la casilla, uno de los hombres activa el mecanismo de la barrera, que se eleva para permitirles el paso.
(…)
Etiquetas: Alejandro Parisi, La caída
martes, 11 de septiembre de 2007
Cada ochenta y nueve años
por Elemental
para Satán, gran comentarista
No, Octavio hoy no viene, qué va a venir. ¿No te enteraste de lo que le pasó? Terrible, loco, terrible. ¿Ves? Ahí tenés un ejemplo clarito de que la gente no sabe lo que pasa, cuando pasa algo. ¿Viste que el nueve de julio nevó? Claro, cómo no lo vas a ver, si la gente se llamaba por teléfono, te despertaban de la siesta en pleno feriado, parecía que era carnaval y en lugar de pomos había copitos. Bueno, mientras los padres sacaban a los pendejos a los patios para que armasen muñecos de nieve así se sentían en una película, Octavio salió de la casa y se puso a bailar en la mitad de la calle. Todo el mundo estaba recontento, imaginate, ochenta y nueve años sin nevar, era una especie de milagro. Y tan contentos estaban que no se avivaron de que Octavio, mientras bailaba con los brazos exendidos, decía se me dio, se me dio. A la media hora, ponele, se metió de nuevo en la casa y se mandó para el dormitorio. Amanda dormía, y él se acostó y la abrazó desde atrás. Cucharita, le hizo, y le empezó a besar la oreja. Y ahí empezó mi amor, mi amor, hasta que la despertó. Ella lo miró medio dormida, se avivó enseguida de que él quería guerra, sonrió por la sorpresa, le preguntó qué pasaba que estaba tan contento, y ahí el Octavio, que vos viste la boca que tiene, parece una palangana, y con esa boca sonrió hasta que le cubrió toda la jeta y dijo nieva. Ella lo miró, no entendía. Nieva, mi amor, insistió él. Ella se pensó que era una joda, se levantó y miró por la ventana y descubrió que era verdad. Entonces giró, vio que Octavio la esperaba totalmente en pelotas en la cama, totalmente al palo, y se acordó. Ni en pedo, dijo. Vos me lo prometiste, mi amor, le dijo él. Parece ser que ella se lo había prometido. Vos viste, Amanda siempre fue una mina gauchita, si de pendeja la llamaban Pájaro Loco por la onda que le ponía a hacerle petes a los novios, con tanto ritmo en la cabeza que parecía un pájaro carpintero. No era mojigata ni nada, Amanda ya desde pendeja había sido rápida para los mandados, cuando pintaba era palo y a la bolsa. Pero parece ser que Amanda siempre tuvo cagazo de entregar el rosquete. Decí que Octavio siempre la quiso, cuando empezó a salir con ella era como un sueño cumplido, así que no dijo nada. Pero la verdad, y de esto vos te acordás porque él siempre preguntaba en los puticlubs si tal trola entregaba el orto, para Octavio el ojete era un tema importante. La verdad, para mí también. Las minas medio chifletis, medio feministas, te dicen que vos querés hacerles el culo para sentir que la dominás más, o que tenés fantasías homosexuales, cuando nada que ver. Uno quiere hacerle el culo a una mina porque es más apretado, loco, porque es como, bueno, no sé como qué, pero es apretadísimo, sentís todos los anillitos alrededor de la verga y está bueno. Ok, uno sabe que a las minas medio que al principio les duele, entonces no insiste mucho, pero las ganas siempre están. Incluso para Octavio, que estaba metido hasta las bolas con Amanda, que ya te digo, era gauchita, en la cama se llevaban bárbaro, pero cuando él le decía algo del marrón ella lo sacaba carpiendo. Tanto insistió él que un día ella le dijo bueno, está bien, pero si decís tanto que no duele primero te lo hago yo. Ahí Octavio le dijo que ni loco, más vale, que te acaricien un poco el culo mientras te la chupan está bien, pero todos sabemos que más de una falange es de puto, así que Octavio le dijo que no. Y como ella se reía él se puso serio y le dijo que, para él, hacerle el culo era algo importante, que se lo pedía al menos una vez, que probasen y si a ella no le gustaba iba a parar. Amanda no aflojó. Ya te digo: le tenía cagazo. Hay gente que le tiene miedo a las alturas, otra a quedarse encerrada, otra al agua. Bueno, Amanda tenía pánico de entregar el orto. ¿Y sabés lo que le dijo, cuando él le confesó que era muy importante que lo hicieran por popa? Cuando nieve en Buenos Aires, te lo entrego, le dijo. Y después se olvidó, claro, porque lo había dicho como diciendo nunca, pero Octavio se acordaba, más vale que se acordaba, y la esperaba ahí, en la cama, totalmente al palo, creyendo que se le cumplía el sueño. Vos estás loco, dijo ella. Ahí él se puso hecho una furia, le dijo que el matrimonio se basa en la verdad, que ella se lo había prometido y él se la había bancado, pero que ahora ocurría el milagro, y señaló la ventana en la que se pegaban los copitos contra el vidrio. No le dejó alternativa, a Amanda. Ella lo único que pudo hacer fue preguntarle si tenía gel o algo, porque según ella era indispensable, o eso le habían dicho sus amigas. Imaginate: nunca lo habían hecho, por lo que Octavio el único gel que tenía era el del pelo. Ahí él le dijo que con manteca o margarina se podía hacer, que Marlon Brando lo usaba en Último tango en París. Ninguno de los dos había visto la película, pero todos sabemos que ahí el gordo Brando pela la manteca y le da duro y parejo. Pero Amanda le dijo que era antihigiénico, con manteca, que no, que podía infectarse, que gel antiséptico o ni en pedo. Octavio se mandó para la cocina, revolvió la alacena, le preguntó si con aceite podían, pero nada. Ni de girasol, ni de maíz, ni siquiera el de oliva que guardaban para cuando iban las visitas. Tenía que ser con gel, porque, le dijo Amanda, quiero asegurarme de que no me va a doler tanto. Dijo tanto, ¿entendés? Ella sentía que iba al muere, pobre. Y Octavio, que la quería pero se moría de ganas de hacerle el upite, aceptó la nueva regla de juego. Tres horas, caminó por la calle bajo la nevada. No encontraba ninguna farmacia abierta. Imaginate: era feriado, estaba todo cerrado. Se tuvo que tomar un remís, convencer al remisero de que podía manejar sobre la nieve, y se fue para
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lunes, 10 de septiembre de 2007
viernes, 7 de septiembre de 2007
Te quiero como Friend II

Yo dije que me iba, ella dijo “esperá” y creo que fue lo único que dijo porque no me dejó pensar y me saltó encima. Entonces, tuvimos nuestra verdadera noche de sexo. Un gran sexo diría: sin prejuicios ni inhibiciones, sin importarnos nada, con mucha conexión y entusiasmo. De esas veces en las que todo termina por decantación, por una sucesión de besos y caricias que conducen hacia un orgasmo perfecto, si la expresión no es redundante. Quedé boca arriba con la respiración acelerada. Esta vez fue ella quien buscó los cigarrillos y me beso.
Pese a los buenos augurios, la situación volvió a ser la misma. Ella enmudeció de nuevo, renovando mis dudas anteriores y haciendo surgir nuevas:¿estará por sufrir un ataque de epilepsia? ¿se sentirá incómoda conmigo en la cama? ¿podrá fumar y hablar al mismo tiempo? El proceso duro menos...
LA CAJA BOBA
Luego de permanecer unos diez minutos en silencio, tiempo que para estar desnudos en una cama puede ser demasiado, de pronto dijo: “¿Te gusta Friends?”. Dudé unos segundos, pero dije sí con entusiasmo fingido ante el temor de que una respuesta negativa volviera a callarla. “Qué bueno”, exclamó y encendió la televisión. En el poco tiempo que duraron los comerciales me habló sobre sus personajes favoritos, aunque todos eran sus favoritos porque la serie le encantaba. Además, me comentó que algunos personajes habían experimentado cambios, aunque imaginé que los verdaderos cambios venían de su parte. “Qué bien”, dije con la mirada en la tele. Entonces, comenzó la serie.
LA METAMORFOSIS
Ella comenzó a emitir pequeños sonidos, casi tímidos, apenas perceptibles, luego sus labios se abrieron un poquito y dejó escapar algunas risitas, luego los sonidos se tornaron en jijijís que fueron acompañados por movimientos de vientre, los jijijís se hicieron jajajás y jojojós, y muchos jojojós, que luego fueron más largos y se combinaron con los anteriores jojojoooooooóss jijijís, jajajaja, jijiiji, jaraijas al tiempo que su cuerpo comenzaba a moverse de forma espasmódica y todo tan de repente, menos de tres minutos de capítulo que dispararon lágrimas en sus ojos ante la entrada de cada personaje, aunque más no fuera con gestos nimios y líneas de texto muy breves: Joey decía “Buen día” y ella estallaba; Chandler decía “No es así, Rachel” y ella aplaudía junto a los aplaudidores de la tele que siempre se ríen más de la cuenta pero en comparación con ella eran simples aprendices de la risa. Y yo, desnudo a un lado de la cama, me pregunté si no había llegado el momento de irme, así que me vestí y dije “me voy”, pero ella dijo “ssshhh... pará pará” y continuó riendo hasta que llegó el corte, se puso algo de ropa de manera urgente, me dijo “dale que llegó la pausa”, en el ascensor no pronunció palabra, al despedirme le dije “hablamos” y ella dijo “dalebuenochauchau” y, calculo, en menos de treinta segundos habrá estado en su cama agonizando de risa.
ALGUNAS CONCLUSIONES
Al regresar a casa me sentí más vacío que de costumbre, tanto que hasta me dieron ganas de salir a conocer otras mujeres. Sin embargo, decidí otorgarle a la candidata una nueva chance. Esta vez, el encuentro fue directamente en su casa, directamente en su cama y directamente, antes de que se acercase la hora de la repetición de Friends, huí despavorido.
Lo cierto es que, con el pasar de los meses, hoy tenemos una relación maravillosa. Después de alrededor de cinco encuentros, hemos logrado avances notorios: le envío un mensaje, ella responde, concertamos una cita, paso por su casa, hacemos el amor una o dos veces y, a la hora señalada, me visto en silencio, digo buenas noches y me voy. Ella queda mirando Friends.
Algunos dirán que es una relación fría, desprovista de cualquier tipo de amor, pero yo puedo asegurarles que es falso. Nos amamos en la cama y, antes y después, el trato es de verdadera camaradería, amigos solidarios que se ayudan en la descarga de impulsos biológicos predeterminados. Nos respetamos mucho, no hay preguntas, no hay lágrimas, ella no me cuestiona y yo no cuestiono Friends. No es como estar enamorado, lo sabemos, pero quién puede decir que esa chica y yo no compartimos alguna de las extravagantes formas que tiene el amor.
jueves, 6 de septiembre de 2007
Mi última cita (3)
por El Libanés
(viene de acá)
3 – El humor de la moral
La apuesta estaba hecha. Tocaba Aristimuño en Niceto el viernes siguiente… ahora que lo pienso creo que el recital era en quince días, sí, era en quince días, porque antes hubo tiempo para que se presentara El Capo Cómico que habita en mí, el tipo chispeante y decidido, capaz de encender una hornalla con el gas apagado. “Visto, estimada Selene, que toca nuestro querido Lisandro y usted supongo irá y yo desde luego iré, no puedo menos que decir: vamos juntos”. A lo que ella respondió que sí, que le parecía una buena forma de conocernos pero que, sin embargo, la incomodaba un poco algo que no tenía que ver conmigo sino con la situación en general, o con otra cosa, “pero no te lo tomes personal, porque no es con vos, sólo que todo es un poco raro y ya… si querés, cuando vayamos con mi amiga a sacar las entradas, sacamos una más para vos… ¿necesitas más?” ¿Con la amiga? Sí, Selene, estaba pensando en invitar a mi grupo de amigos de la secundaria y a Jesús, un compañerito de la primaria, que con ese nombre y todo era el Diablo metido en el cuerpo de un niño.
Lo que otros verían como algo triste, pesado, imposible de remontar, algunos lo vemos como una posibilidad de hacer humor, y entonces ahí hace su entrada el Capo Cómico, con sus patines de rueditas trabadas, impulsado por las manos de la necesidad y tirado por la soga de
1. Ambas nos comprometemos a no juzgarlo por el primer comentario idiota que haga.
2. Ambas nos comprometemos a no hablar en secreto mientras él esté presente.
3. Ambas nos comprometemos a no arrojar ropa interior al escenario mientras él esté presente.
.................. .....................”
Ese mismo jueves, en la visita correspondiente a mi analista, le dije: Luisa, seamos sinceros: decime quién es Selene en verdad y qué tiene que ver con vos, cómo se conocen, hasta dónde puedo “salir” con ella sin pensar que es una maquinaria tuya para curar ciertos problemas míos, una especie de reality, con cámaras y todo, en el que se analiza mi comportamiento (“errático”, “errante”, “cobarde”, “onanista”) frente a la mujer, la mujer que es una amiga o una puta, la mujer que es mi madre una amiga una puta, la mujer para casarme o para coger, el espejito de la moral familiar; mi bisabuelo que vino de El Líbano y montó en San Eduardo, un pequeño pueblito de Santa Fe, una tienda de ramos generales, donde golpeaba el fondo de las cacerolas contra el mostrador de madera y decía “irrompible, dura más de cien años”. Como
(continuará)
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miércoles, 5 de septiembre de 2007
Noa
por Marina K
Pocos días después de separarnos me puse en campaña para conseguir un gato. Unos días de mirar carteles en veterinarias, mandar mail a los amigos y que llegaran otros mails en respuesta a mi pedido, hasta que en Semana Santa -porque había que aprovechar el conjunto de días libres para recibir al cachorro- llegó Noa, una gata de un mes y medio, negra de ojos verdes, que me esperaría todos los días ansiosa por refregar su lomo en mi pierna, que dormiría conmigo, que me necesitaría tanto como yo a ella: por cuidarla ya no podría pasar el día mirando la pared, el techo, la pared, alguna película sin prestar atención, otra vez la pared, el techo cuando me despertaba, la pared, la televisión.
Las separaciones, a veces, son desprolijas. Días más tarde, quise, quisimos, él quiso, cómo no, conocer a la gata. Entonces vino a casa, la agarró, la levantó como si fuera un bebé, la acarició, jugaron, cogimos, miramos una película y se quedó a dormir. Cuando él se fue, frente al espejo, con Noa en brazos, dije “prohibido encariñarse”.
Pero pronto, los encuentros extraordinarios se convirtieron en rutina, del dvd pasamos -volvimos- al cine, de la improvisación en casa –“se hizo tarde, ¿comemos?, ¿qué comemos?, tengo huevos y queso, hago unos omelettes”- a otra vez preparar la cena con la premeditación que implica hacer compras en el supermercado y calcular el tiempo exacto entre que salgo del trabajo, voy a la facultad, vuelvo, cocino, me arreglo y te espero, y si no alcanzo a hacer todo, hago las compras un día antes, o saco algo del freezer, dejo todo precocinado y le doy un golpe de horno entre que llego, me baño y él toca el timbre unos quince o veinte minutos después.
Unas semanas más tarde, la gata nos esperaba a los dos por igual. Mientras no nos atrevíamos a asumir que habíamos vuelto, yo, muy casual, le daba las llaves por segunda vez -es que vivo en un piso muy alto, me embola bajar- y él miraba a Noa, me miraba a mí y decía “ya la quiero”, o “ay Noa, te extrañé”, y yo la quería matar, porque conmigo se portaba pésimo, rompía todo, me resguñaba y con él era una gata delicada, mimosa y agradecida.
Las separaciones son desprolijas, aún cuando son definitivas. El temor y lo difícil de pasar sola un domingo -¿sola sola o sola sin él?, preguntan los devotos de hacer diagnósticos- provocan las reincidencias que igual desembocan en un nuevo, y un nuevo, y un nuevo final.
Esta vez, días después de la última separación, y como ya tenía un gato -Noa, querida Noa que destroza todo y no distingue lo comestible de lo mundano, fanática del jabón y ahora también de los cables-, como ya vivíamos juntas, dormíamos juntas, nos adorábamos y odiábamos con igual intensidad de acuerdo al estado de ánimo de cada una cada día, como todo ya estaba resuelto pero ahora no era yo sola de duelo sino las dos, decidí que no se trataba de nuevas mascotas sino, más simple, se trataba de estar con otro, con otros, de hacerme amigos nuevos, un amante, un novio no, pese a que mis amigas las de los diagnósticos nunca me creen que novio no, porque es verdad, casi nunca novio no, pero esta vez sí, un amigo, un amante, comprar preservativos otra vez, y que también se pueda desayunar o salir a comer, que me caiga bien y podamos conversar, eso es importante, pero un novio no, mejor un amigo.
La mala conducta de Noa ya es conocida por todos, y cada vez que hablo con mi familia preguntan, antes de cómo estoy, qué es lo último que ha roto, o cuál fue su último intento de suicidio, si intentar tirarse por la ventana, comer un cable, intoxicarse con trenet o atascar su cabeza en una pequeña sopapa de baño.
Cuando llevé a un amigo nuevo a casa, Noa no dedicó reverencias ni ataques. Él tampoco. Respeto distante me pareció bien. Sin embargo, cuando intentamos dormir fue imposible. Un día y otro día. Qué vergüenza recibir a alguien así, con un gato que salta sin parar de un lado a otro de la cama. “¿Por qué no la sacás?” Cómo explicarle que Noa ya había aprendido a saltar para hacer girar el picaporte de la puerta, que sus gritos desde afuera de la habitación son tan parecidos a los de un bebé, que si la encierro en la cocina es capaz de cagar y mear ahí sólo para molestarme. “No puedo, sabe abrir la puerta”, dije, y me supe exclava del felino. Un papelón, una gata insoportable es un verdadero papelón. El nuevo amigo dice que no me preocupe y finalmente se duerme. Yo no, pendiente del sueño del otro y de cuestiones como ¿habrá olor a gato y no me doy cuenta?, ¿le tendrá alergia a los pelos?, seguro que no quiere volver nunca más, que esta casa parece un desastre, pensaba yo mientras agarraba a la gata y la recostaba bajo mi brazo para que dejara de moverse, y también pensaba en mi ex y lo odiaba, lo odiaba por extrañarlo tanto, por las noches en paz en que Noa, feliz, nos dejaba dormir tranquilos, felices, después de mirar una película que ella también miraba recostada a nuestros pies, y porque seguro que ahora iba quedarme soltera para siempre, por su culpa y la de Noa, que ahora no sólo era una gata sino una evidencia más de que juntos ya no.
Por eso, segura del complot entre ambos, decidí comprar un canasto y la medida suficiente de cinta bebé como para hacer un moño al cuello de Noa, no para ahorcarla, no, sino para convertirla en regalo: hermosa gatita que voy a dejar en la casa de mi ex –todavía tengo sus llaves- para entonces sí, por fin, dormir tranquila con quien quiera, después de una separación que, como tantas otras, fue un poco desprolija.
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martes, 4 de septiembre de 2007
Romero y Julieta (y 4)
por Elemental
(viene de acá)
Una semana después sonaba el teléfono de casa. Cuando atendí pensé que podía ser mi hermano, que era el único que me llamaba, o la vieja puta esa. Pero no. Una voz de pendejita me preguntó si yo era Romero, y cuando le dije que sí, ella, enseguida, como si siempre hubiese sabido que yo era Romero, como si hubiese esperado ese momento, me dijo que me llamaba de
lunes, 3 de septiembre de 2007
Ya salió
Federico Levin, Abasto / La calle de los maniquíes
Lucas Funes Oliveira, Almagro / Escondite perfecto
Washington Cucurto, Barrio Parque / El barrio de las siervas
Marina Mariasch, Belgrano / Justo antes de la matanza de los pretendientes
Oliverio Coelho, Boedo / Diario de Boedo
Violeta Gorodischer, Caballito / Todo es relativo
Leonardo Longhi, Chacarita / Vamos, funebrero (un prólogo)
Ignacio Molina, Colegiales / Las palomas
Cecilia Pavón, Congreso / Congreso, 1994
Alejandro Parisi, Flores / Besos por Flores
Leonardo Oyola, Bajo Flores / Animetal
Iosi Havilio, La Boca / Quinquela
Sebastián Martínez Daniell, Núñez / Claves para turistas con impedimentos ópticos
Natalia Moret, Once / Eleven
Nicolás Mavrakis, Palermo / Palermorama en seis vuelos rasantes
Romina Paula, Parque Centenario / Autonomía
Mariano Pensotti, Parque Patricios / Autocine
Félix Bruzzone, Puerto Madero / Fumar abajo del agua
Joaquín Linne, Recoleta / Ideal II
Diego Grillo Trubba, Retiro / Todo lo que se puede hacer por Sandra
Ricardo Romero, San Telmo / Habitación 22
Sonia Budassi, Villa Crespo / Capacidad de adaptación
Hernán Vanoli, Villa del Parque / En la santería
Juan Incardona, Villa Lugano - Villa Riachuelo / Walter y el perro Dos Narices
Maximiliano Tomas, Villa Urquiza / La traición de Calubio
Pregunta
Suponete que acaba de terminar la primera cita
No hubo beso
¿Debe considerarse una noche perdida?
¿Debería haber segunda cita?
¿Hasta qué cita es pertinente esperar el primer beo?

Etiquetas: Preguntas que nos carcomen
sábado, 1 de septiembre de 2007
Ciro y el cuello de mi chica punk
Por Felix
Antes de conocer a Carola y de obsesionarme con vida y obra de Ciro Pertusi conozco a una chica punk en la panchería donde paro siempre a almorzar. Nos vemos dos veces: ella come dos hamburguesas con huevo frito y yo dos superpanchos, y no nos hablamos. Y a la tercera vez nos miramos fijo y terminamos cogiendo de parados en el baño del lugar. Ella tiene un piercing en la concha y acaba rápido. Yo tardo un poco más, y en los últimos instantes no sé si ella, después de acabar, simula la prolongación de su orgasmo o no. Igual, su jadeo entrecortado me excita muchísimo. Salimos de ahí y vamos a otros baños públicos. Entre baño y baño nos pajeamos bastante y ella en un momento me la chupa atrás de un panel de madera, parte del frente de obra de una torre en construcción. Un obrero grita qué grande, papá, y otro nos revolea un cascote que casi nos pega pero no nos desconcentra. Ella después empieza a cantar “Sola en la cancha” y con la boca imita a todos los instrumentos. Un temazo, dice cuando termina, y entonces me cuenta de la vez que conoció a Ciro. Yo vivía en Mercedes, iba en la bici y Ataque ese día iba a tocar en la Sociedad de Fomento. Yo no los conocía. Y cuando paso por el Hotel San Martín, paraban ahí, había un montón de gente en la puerta y salían ellos de adentro. Yo paré a mirar y me acerqué. Para mí Ciro era un pelado botón que lo único que le interesaba era firmarle autógrafos a las boluditas para después garcharselás, un hijo de puta, y cuando vi eso lo escupí. El gallo le cayó en la pelada y se dio cuenta de que había sido yo y se me quedó mirando, los ojos me mataban, tenían algo incontrolable, un volcán, y entonces juntó saliva, yo lo vi todo como en cámara lenta, y me zampó un terrible gargajo acá, ¿ves?, y mi chica punk me muestra el cuello y ese collar de cuero y tachas que lleva ahora pero que seguro que en su adolescencia mercedina no llevaba, le beso el cuello, el collar, y salimos corriendo a buscar otro baño.
Etiquetas: Citas, Félix Bruzzone